Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay países que nacen dos veces: una en la historia y otra en la aceptación del mundo.
La República Popular China nació en 1949, pero su verdadero ingreso al sistema internacional —con todo lo que ello implica— no se produjo sino hasta tres décadas después, cuando ocupó el asiento de China en las Naciones Unidas, desplazando a Taiwán en el Consejo de Seguridad.
Aquella decisión no fue solo diplomática; fue un reconocimiento tardío de una realidad que ya se había impuesto en la geografía, en la política y, sobre todo, en la historia.
Durante esos treinta años de ambigüedad, el mundo vivía bajo la sombra de la Guerra Fría.
No se trataba únicamente de ideologías enfrentadas, sino de bloques que pretendían ordenar el planeta según sus propios intereses.
China, salida de una larga guerra civil, quedaba en una especie de limbo diplomático: demasiado grande para ser ignorada, demasiado distinta para ser aceptada sin reservas.
Pero el tiempo —ese gran corrector de dogmas— comenzó a inclinar la balanza.
Antes incluso de que Estados Unidos, bajo la presidencia de Jimmy Carter, estableciera relaciones diplomáticas con Beijing en 1979, algunos países europeos ya habían dado el paso.
Italia, por ejemplo, lo hizo en 1970, demostrando que la política internacional no siempre se mueve al ritmo de las grandes potencias, sino también al compás de intereses más sutiles, más pragmáticos.
Ese pragmatismo se hizo aún más evidente en América Latina.
Chile, bajo una junta militar anticomunista, mantuvo relaciones fluidas con la China socialista tras el derrocamiento de Salvador Allende en 1973.
La ideología, que en otros escenarios parecía infranqueable, cedía aquí ante la lógica de los intereses nacionales.
El comercio, la cooperación y la necesidad de insertarse en un mundo cada vez más interdependiente comenzaron a imponerse sobre las antiguas barreras doctrinarias.
Así, casi sin ruido, China fue tejiendo una red de vínculos que hoy resulta determinante.
No lo hizo desde la imposición, sino desde una fórmula que ha repetido con persistencia: respeto mutuo a la soberanía, no intervención, igualdad, beneficio recíproco y coexistencia pacífica.
Estos principios —que pueden parecer retóricos— han servido, sin embargo, como base de una política exterior que muchos países en desarrollo han encontrado atractiva.
En América Latina, la relación con China ha sido, en general, una historia de oportunidades.
Cada país la ha vivido a su manera, según sus capacidades, sus necesidades y su visión estratégica.
Pero hay un caso que destaca por su dimensión: Brasil.
Desde 1974, en plena dictadura militar, Brasil estableció relaciones con China, y desde entonces —a través de gobiernos de distintas orientaciones— ha mantenido un vínculo creciente y sostenido.
Esa continuidad revela algo esencial: cuando una relación internacional se construye sobre intereses estructurales, trasciende los cambios políticos.
No es casual que Brasil forme parte de los BRICS junto a China, India, Rusia y Sudáfrica.
Ese grupo, que en sus inicios parecía una simple categoría económica, se ha ido consolidando como una expresión de un mundo más multipolar, donde el peso ya no se concentra exclusivamente en Occidente.
Y en ese reordenamiento global, China ocupa un lugar central, no solo por su tamaño, sino por su capacidad de proyectar influencia.
Para la República Dominicana, el establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular China en 2018 marcó un punto de inflexión.
No fue un gesto aislado, sino la culminación de una tendencia histórica: la de acercarse a un país que, más allá de su sistema político, representa una de las mayores fuerzas económicas y culturales del planeta.
Nuestro país, pequeño en territorio pero no en aspiraciones, ha tenido siempre una relación cordial con el pueblo chino.
La apertura diplomática no hizo más que formalizar y profundizar esos vínculos.
Sin embargo, como toda relación internacional, esta también exige una reflexión constante.
No basta con abrir puertas; hay que saber hacia dónde conducen.
Porque la cuestión no es simplemente quién se beneficia más —si China o América Latina—, sino cómo se construye una relación equilibrada, capaz de generar desarrollo sin comprometer la autonomía.
Esa es la verdadera medida del éxito en la política exterior contemporánea.
Hoy, cuando China se acerca a convertirse en la primera economía del mundo, conviene recordar que en 1949 pocos habrían apostado por ese desenlace.
La historia, una vez más, ha desmentido las certezas del momento. Y en ese movimiento, los países que supieron adaptarse —sin perder su identidad— son los que han encontrado su lugar.
Para la República Dominicana, el desafío es claro: convertir esta relación en una oportunidad estratégica, sin olvidar que en el concierto de las naciones, la verdadera fortaleza no reside en el tamaño, sino en la inteligencia con que se ejerce la soberanía.
Porque al final, como enseña la experiencia de China y de tantos otros países, el desarrollo no se recibe: se construye. Y la estabilidad, esa palabra tantas veces invocada, tampoco se importa; se fabrica.
