Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay objetos que valen menos que el papel en que fueron impresos y, sin embargo, con el paso del tiempo adquieren el peso de una biografía.
Un viejo boleto ferroviario italiano, amarillento, con letras desvaídas, puede parecer un simple recuerdo sin importancia.
Pero a veces esos pequeños fragmentos de cartón son más elocuentes que un archivo diplomático, porque guardan no solo una fecha y un trayecto, sino la temperatura de una época.
He vuelto a mirar en estos días el ticket del tren que me llevó de Milano a Roma en 1980.

Dice Ferrovie dello Stato, primera clase, ruta vía Bologna y Firenze, destino Roma Termini.
Costó 29,600 liras.
Y de pronto entendí que ese pequeño papel contiene una historia mucho más amplia: la del oro dominicano, la del periodismo nacional de aquellos años, la del capitalismo internacional y, de manera inesperada, también una pequeña historia personal.
Mis padres me pusieron Víctor Manuel por el rey de Italia.
No era un detalle menor.
Mi nombre venía cargado, desde antes de que yo pudiera comprenderlo, con una referencia histórica al monarca del Risorgimento, el hombre que simbolizó la unificación italiana y cuya estatua ecuestre domina la Piazza del Duomo de Milano.
La historia tiene sus ironías: un dominicano bautizado con el nombre del rey de Italia terminaría décadas más tarde siendo embajador de su país ante la Santa Sede durante once años, viviendo en Roma y caminando diariamente una ciudad marcada precisamente por las tensiones históricas entre el Vaticano y la Italia unificada.
Pero en 1980 nada de eso estaba escrito. Yo era simplemente un periodista invitado a un viaje singular.
La invitación provenía de Rosario Dominicana, la empresa que entonces explotaba el oro dominicano.
Se trataba de mostrar a un grupo de periodistas el recorrido internacional del metal precioso que salía de nuestras entrañas.
No era turismo. Era una lección práctica de economía política internacional.
Viajamos desde Santo Domingo hacia Nueva York, luego a Zúrich, y desde allí seguimos hacia el norte italiano.
En el grupo iban figuras importantes del periodismo dominicano.

Recuerdo a Mario Álvarez Dugan, a quien todos llamábamos afectuosamente Cuchito, acompañado de su esposa.
Cuchito era un personaje de una generación periodística vinculada a distintos momentos de la historia dominicana: hijo de don Virgilio Álvarez Pina, figura cercana al régimen de Trujillo; periodista con trayectoria en La Nación, El Caribe y luego director de El Nacional tras la adquisición del periódico por Pepín Corripio.
Aquellos viajes reunían a hombres que eran, en sí mismos, pequeñas bibliotecas vivientes de la historia política y mediática del país.
Lo que nos mostraban era el recorrido real del oro dominicano. De nuestras minas salían los doré bars, esos lingotes primarios donde todavía conviven oro y plata mezclados.
El proceso de separación, refinación y entrada al circuito financiero global ocurría lejos de Santo Domingo.
El corazón financiero del trayecto era Suiza.
Allí entraba en juego el sistema bancario internacional, y muy particularmente la lógica de una economía mundial donde los metales preciosos siempre han sido más que simples mercancías: son reserva de valor, poder, estabilidad y, a veces, instrumento geopolítico.
Desde Zúrich cruzamos en autobús la frontera hacia la zona de habla italiana.
Nuestro destino estaba vinculado a Valcambi, la gran refinería suiza de metales preciosos ubicada en Balerna, Canton Ticino, muy cerca de Italia, en esa frontera donde la geografía suiza y lombarda parecen tocarse sin solución de continuidad.
Valcambi ya entonces representaba una pieza clave del sistema mundial del oro.
Hoy sigue siendo una de las grandes refinerías internacionales, acreditada en los principales mercados globales, con capacidad de procesamiento gigantesca y reconocimiento institucional.
Pero lo interesante no es solo el dato industrial.
Lo interesante es comprender que en 1980 un grupo de periodistas dominicanos fue llevado a observar, casi pedagógicamente, el recorrido internacional del oro nacional: mina dominicana, banca suiza, refinación europea, mercado mundial.
Era la globalización antes de que la palabra globalización se volviera moda académica.
Así fue como conocí Milano por primera vez.
No la Milano que hoy recibe turistas, escaparates de lujo y ejecutivos de la moda.
Sino la Milano de 1980, todavía marcada por la Italia industrial de la posguerra, por los ecos de los anni di piombo, por una severidad lombarda muy distinta del espíritu romano.
Una ciudad funcional, disciplinada, económicamente poderosa, pero emocionalmente distante para quien viene de Roma o sueña con ella.
Volví a verla en 2024, y confirmé esa impresión. Milano impresiona; Roma envuelve.
Milano negocia con el presente; Roma conversa con los siglos.
En el centro de Milano se levanta la estatua de Víctor Manuel II, el rey cuyo nombre llevo.
Confieso que esa coincidencia me conmueve retrospectivamente.
Uno no siempre comprende a tiempo los pequeños símbolos que la vida deja dispersos.
Allí estaba, en una plaza dominada por el Duomo y por la figura ecuestre del monarca de la unidad italiana, un periodista dominicano que llevaba su nombre sin imaginar que años después su destino estaría íntimamente ligado a Roma, al Vaticano y a la historia italiana.
Desde Milano tomé aquel tren hacia Roma.
El boleto todavía existe.
Lo he conservado.
El trayecto seguía la ruta clásica por Bologna y Firenze, atravesando el espinazo histórico de Italia.
Hoy ese recorrido parece breve gracias a la alta velocidad.
En 1980 era otra cosa: era viaje, tiempo, contemplación. Era entrar en un país a través de sus estaciones.
Pero hay un detalle aún más revelador. Mientras yo estaba en Europa, mirando televisión en el hotel, el mundo observaba el estallido de la guerra entre Irán e Irak.
Lo recuerdo con claridad. En ese momento no podía saber que aquella guerra sería una de las más largas y devastadoras del siglo XX, ni que décadas más tarde seguiríamos discutiendo a Irán, petróleo, estrechos marítimos, energía y conflictos globales.
Pero allí estaba la escena: un periodista dominicano siguiendo la ruta del oro mientras comenzaba otra gran guerra vinculada, en el fondo, a la lógica de los recursos estratégicos y el poder internacional.
Ese viaje me enseñó algo que con los años confirmé muchas veces, incluso desde la diplomacia: detrás de los discursos ideológicos, los sistemas financieros, las guerras y las alianzas, hay siempre circuitos materiales concretos.
Oro. Petróleo. Monedas. Puertos. Bancos. Refinerías.
La historia no solo se escribe en parlamentos y cancillerías; también se escribe en convoyes, minas, terminales ferroviarias y balances financieros.
Quizás por eso hoy miro aquel ticket no como una reliquia sentimental, sino como un documento histórico personal.
Porque en ese pequeño papel coinciden mi memoria, la historia económica dominicana, el periodismo de una época, la Italia que conocí antes de Roma, y una guerra que anunciaba el mundo turbulento que vendría.
A veces la historia grande entra silenciosamente en nuestra vida disfrazada de simple boleto de tren.
