Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
El 21 de mayo del 2026 mi Profesor Euclides Gutiérrez Félix cumplió 90 años de edad, y a él le dedico estas reflexiones sobre tres países del Caribe y sus experiencias democráticas.
En el Caribe uno aprende pronto que la historia no perdona a los pueblos que no aprenden a convivir con sus propias contradicciones.
Nosotros, los dominicanos, hemos tenido dictaduras, intervenciones extranjeras, guerras civiles, conspiraciones, guerrillas, golpes, fraudes y crisis económicas devastadoras.
Sin embargo, con todas nuestras heridas, hemos terminado construyendo algo que no es poca cosa: una cultura de convivencia política democrática que ya lleva seis décadas continuas, imperfectas pero reales.

Ese aprendizaje no surgió de libros de teoría política, sino del cansancio histórico, del costo de la violencia y de la comprensión colectiva de que el poder no puede seguir resolviéndose eternamente por las armas, la conspiración o el exterminio del adversario.
Por eso, cuando se observa el drama cubano con la pasión que inevitablemente despierta en todo caribeño, la conclusión a la que uno llega es que el problema de Cuba no comenzó con Fidel Castro ni terminará automáticamente con la desaparición definitiva del régimen que gobierna la isla desde 1959.
El problema es más profundo, más antiguo y más culturalmente estructural.
Cuba, a diferencia de otras naciones del continente, nunca logró consolidar una verdadera tradición de vida democrática estable y duradera.
Esa es la raíz del problema.
No se trata simplemente del comunismo, ni solamente del embargo, ni exclusivamente de la confrontación con Estados Unidos.
Todo eso vino después o agravó una enfermedad previa.
Cuando uno recorre la historia cubana desde la independencia, encuentra un patrón inquietante.
La independencia cubana no produjo una república soberana plenamente consolidada en términos políticos.
La intervención norteamericana de 1898, seguida por la Enmienda Platt y la prolongada influencia de Washington sobre la vida institucional cubana, dejó una república nacida con limitaciones severas de soberanía y bajo tutela externa.
Esa fragilidad institucional impidió el desarrollo natural de hábitos democráticos robustos.
La república cubana del siglo XX conoció elecciones, sí, pero también golpes, corrupción, clientelismo, caudillismo y una profunda dependencia económica y política.
La democracia existió episódicamente, pero nunca se convirtió en una cultura nacional consolidada y estable .Ese vacío institucional explica mucho de lo que vino después.
Fidel Castro no cayó del cielo. Surgió de una crisis histórica real del sistema cubano.
Fulgencio Batista no fue un accidente aislado, sino expresión de una tradición de poder militarizado y autoritario que ya existía.
Lo que hizo Castro fue sustituir una estructura autoritaria por otra aún más cerrada, ideológicamente más cohesionada y con vocación de permanencia total.
Desde comienzos de los años sesenta, Cuba dejó de ser un sistema plural competitivo y pasó a organizarse como un Estado de partido único, donde la competencia política real desapareció y el poder quedó centralizado de manera estructural .
Pero sería un error atribuir todo el drama únicamente al régimen de La Habana.
El otro actor del drama es el exilio cubano, especialmente el asentado en Florida.
Allí surgió una comunidad extraordinariamente organizada, influyente, económicamente fuerte, políticamente activa y emocionalmente marcada por el trauma histórico.
No es un exilio cualquiera. Tiene memoria de propiedades perdidas, de humillación nacional, de lucha armada, de Bahía de Cochinos, de operaciones encubiertas y de confrontación directa con el régimen.
Esa memoria moldeó una cultura política igualmente polarizada.
Así, durante décadas, Cuba dejó de ser una sola nación políticamente hablando.
Se convirtió en dos Cubas enfrentadas: la Cuba del poder revolucionario y la Cuba del exilio militante.
Las Avionetas
El caso José Basulto y el derribo de las avionetas en 1996 es casi una metáfora perfecta de esa fractura.
Un hombre formado en la lógica de la confrontación anticastrista de la Guerra Fría, fundador de una organización humanitaria pero también de provocación política, termina enfrentando militarmente a un régimen incapaz de responder con proporcionalidad, mientras Estados Unidos observa desde su aparato estratégico.
Oficialmente la Guerra Fría había terminado. Pero en el Caribe seguía viva psicológicamente.
Eso demuestra que el problema no era ideológico solamente; era histórico, cultural y emocional.
República Dominicana
Aquí la comparación con la República Dominicana resulta inevitable.
Nosotros también tuvimos un siglo XX turbulento.
La muerte de Trujillo no nos entregó automáticamente una democracia funcional.
Tuvimos guerra civil en 1965, intervención militar estadounidense, conspiraciones, violencia ideológica de izquierda y derecha, intentos insurreccionales y fuertes tensiones militares.
Pero a partir de 1966, y especialmente con la maduración institucional posterior, el país fue desarrollando una práctica de convivencia política.
A veces áspera, a veces imperfecta, a veces profundamente pragmática. Pero convivencia al fin.
Joaquin Balaguer pactó. Juan Bosch fue un maestro de generaciones políticas, José Francisco Peña Gómez negoció. Leonel Fernández consolidó alternancia institucional. Hipólito Mejía y Danilo Medina hicieron notables aportes democráticos. Luis Abinader ha seguido el camino.
Los adversarios aprendieron, poco a poco, que el exterminio político del contrario no era camino viable.
Venezuela
Venezuela ofrece otro laboratorio distinto pero relacionado. Allí sí hubo una experiencia democrática relativamente prolongada desde 1958, tras la caída de Marcos Pérez Jiménez.
Pero incluso esa democracia convivió durante décadas con intentos golpistas, guerrillas de izquierda y fuerte militarismo latente.
Cuando finalmente parecía que existía cierto aprendizaje democrático consolidado, reapareció el fenómeno militar con Hugo Chávez, reintroduciendo la lógica de la rebelión militar y del caudillismo armado como vehículo de poder.
Es decir: los hábitos democráticos no estaban tan arraigados como se creía.
Esa es quizá la gran lección continental.
La democracia no es simplemente celebrar elecciones.
Es crear cultura política, aceptar derrotas, reconocer legitimidad del adversario, limitar el papel del militarismo y generar instituciones capaces de absorber conflicto sin destruir la nación.
Cuando eso no existe, cualquier crisis revive viejos demonios.
El futuro
Por eso pensar que la desaparición del régimen cubano resolverá automáticamente el problema es ingenuo.
Lo que vendría podría ser incluso más complejo. La pregunta no sería solamente quién gobierna, sino qué hacer con décadas de memoria acumulada.
¿Qué ocurre con propiedades confiscadas? ¿Con las élites militares? ¿Con los aparatos de seguridad? ¿Con la legitimidad del relato revolucionario? ¿Con los exiliados que no volverán masivamente, pero sí querrán influencia? ¿Con generaciones nuevas que no vivieron 1959?
La verdad brutal es que Miami no puede trasladarse a La Habana, ni La Habana puede absorber a Miami. Son ya dos ecosistemas históricos distintos.
La reconciliación requeriría liderazgo excepcional, cultura democrática madura y generosidad política de altísimo nivel. Exactamente lo que Cuba históricamente no ha logrado consolidar.
Entender esto no significa condenar a Cuba al fracaso eterno.
Significa reconocer que los problemas de larga duración no se resuelven con consignas ideológicas, ni con nostalgia revolucionaria, ni con deseos de revancha.
Se resuelven creando hábitos democráticos reales. Y eso toma generaciones.
La historia enseña algo elemental pero cruel: los pueblos que no aprenden a convivir con sus adversarios terminan conviviendo eternamente con sus conflictos.
