Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Cada año, cuando se acerca el aniversario del 30 de mayo de 1961, la memoria dominicana vuelve a recorrer los mismos caminos.
Se evocan los disparos en la carretera de San Cristóbal, la muerte de Rafael Leónidas Trujillo y el valor de los hombres que participaron en la conspiración.
Sin embargo, pocas veces se examina con serenidad una de las paradojas más interesantes de aquel acontecimiento: muchos de los hombres que eliminaron a Trujillo no habían sido opositores históricos de su régimen.
Por el contrario, varios de ellos habían formado parte de la estructura política, militar y social que sostuvo durante décadas el poder del dictador.
La historia de los hermanos Modesto y Juan Tomás Díaz es probablemente el mejor ejemplo de esa realidad.
La familia Díaz ocupaba un lugar distinguido en la historia nacional. Sus raíces se remontaban a Lucas Díaz, figura asociada a las luchas fundacionales de la República.
En San Cristóbal, donde aún existe el puente que lleva su nombre, la familia era conocida y respetada desde generaciones atrás.
Los Díaz formaban parte de ese sector tradicional de la sociedad dominicana cuya influencia trascendía los cambios políticos y los gobiernos de turno.
Lejos de ser adversarios tempranos del régimen, los Díaz estuvieron vinculados durante años a la vida pública trujillista.
La documentación histórica disponible permite comprobar que Modesto Díaz ocupó posiciones importantes dentro del aparato político de la dictadura.
Fue dirigente destacado del Partido Dominicano, ocupó funciones oficiales y participó activamente en la construcción institucional del régimen.
Un documento publicado recientemente por el suplemento Areíto del periódico Hoy permite observar con claridad esa realidad.
El 21 de julio de 1952, Modesto Díaz Quezada, en su condición de presidente de la Junta Directiva del Partido Dominicano, dirigió una carta pública a un grupo de jóvenes profesionales acusados de integrar un supuesto movimiento clandestino denominado Frente Interno.
Lejos de aparecer como perseguido político o conspirador, Modesto figuraba entonces como uno de los principales representantes del partido oficial.
La importancia de ese documento radica precisamente en desmontar una simplificación frecuente de la historia.
Nueve años antes del ajusticiamiento, Modesto Díaz actuaba públicamente como dirigente del régimen. No era un opositor clandestino. Era un hombre del sistema.
Lo mismo puede decirse de otros participantes del 30 de mayo.
Las fotografías de la época muestran a numerosos conspiradores compartiendo actividades oficiales con Trujillo.
Entre ellos figuraban hombres que habían trabajado para el Estado, servido en las Fuerzas Armadas o mantenido estrechas relaciones personales con el dictador.
Miguel Ángel Báez Díaz, por ejemplo, aparecía frecuentemente en actividades cercanas al entorno presidencial.
Juan Tomás Díaz era una figura conocida y respetada en los círculos sociales vinculados al poder.
Muchos de ellos formaban parte del universo humano que había crecido bajo la sombra del régimen.
La relación entre Trujillo y la familia Díaz era particularmente estrecha.
Trujillo conocía a la familia desde hacía décadas y mantenía vínculos personales con sus miembros.
Las fotografías conservadas muestran a Modesto Díaz junto al Jefe en actos públicos y privados. No eran relaciones protocolares. Eran relaciones de confianza.
Por eso el desenlace de 1961 resulta tan dramático.
Lo ocurrido el 30 de mayo no fue simplemente una confrontación entre una oposición tradicional y una dictadura. Fue también una fractura dentro del propio mundo trujillista.
La explicación de esa ruptura ha generado debates durante décadas.
Una interpretación muy difundida presenta a los conspiradores como demócratas decididos desde hacía años a combatir la tiranía.
Sin embargo, la documentación disponible sugiere una realidad más compleja. Con una o dos o tres excepciones, la mayoría de los participantes no pertenecía al exilio político, ni a la izquierda clandestina, ni a las organizaciones opositoras históricas.
Muchos provenían del propio sistema.
A finales de la década de 1950 el régimen entraba en una fase de evidente deterioro.
El secuestro y desaparición de Jesús de Galíndez había provocado un escándalo internacional.
Las relaciones con los Estados Unidos se deterioraban aceleradamente.
Las sanciones de la OEA aislaban al país. La Revolución Cubana alteraba el panorama político del Caribe. Y la represión interna alcanzaba niveles cada vez más peligrosos incluso para personas tradicionalmente cercanas al poder.
Dentro de ese contexto, algunos sectores comenzaron a percibir que la continuidad de Trujillo podía arrastrar consigo a todo el sistema.
Muchos temían no solamente la caída del dictador, sino la posibilidad de una revolución semejante a la cubana que destruyera completamente las estructuras sociales y políticas existentes.
La experiencia de Fulgencio Batista estaba demasiado reciente. En Cuba no había caído únicamente un gobernante; había desaparecido toda una clase política vinculada al antiguo régimen.
Esa preocupación estaba presente en numerosos sectores dominicanos.
Por ello resulta razonable interpretar que una parte importante de los conspiradores buscaba eliminar a Trujillo para evitar precisamente un desenlace revolucionario y abrir una transición controlada.
Dentro de ese grupo, Antonio de la Maza ocupó una posición singular.
La muerte de su hermano Octavio de la Maza en enero de 1957, en medio de las secuelas del caso Galíndez, produjo una herida imposible de cerrar.
Antonio responsabilizó directamente a Trujillo por aquella tragedia y, según numerosos testimonios, juró vengar la muerte de su hermano.
A diferencia de otros conspiradores, cuyos motivos combinaban preocupaciones políticas, institucionales o personales, Antonio parecía poseer una determinación absoluta.
Por ello muchos participantes y observadores posteriores han considerado que, sin Antonio de la Maza, probablemente el atentado nunca habría llegado a ejecutarse.
Sin embargo, el éxito de la emboscada no resolvió el problema fundamental.
Los conspiradores lograron matar a Trujillo.
No lograron tomar el poder.
Ese hecho resulta decisivo para comprender lo que ocurrió después.
Si el grupo hubiese contado con una estructura revolucionaria sólida o con apoyo militar suficiente, la muerte del dictador habría sido seguida inmediatamente por la ocupación de los centros de mando del Estado.
Pero nada de eso ocurrió. Los planes previstos fracasaron. Los contactos militares no respondieron como se esperaba. Los conspiradores quedaron aislados. La mayoría fue capturada o asesinada en cuestión de días.
Años después, Aliro Paulino publicó una carta y diversos testimonios que revelaban dudas, vacilaciones y desacuerdos dentro del propio grupo.
Algunos participantes incluso habrían intentado retrasar o reconsiderar la fecha del atentado.
Ello confirma que la conspiración no era una organización homogénea ni una maquinaria perfectamente coordinada.
Era una coalición circunstancial unida por un objetivo común: eliminar a Trujillo.
Más allá de eso, las diferencias eran profundas.
La consecuencia histórica fue extraordinaria.
Murió el hombre.
Sobrevivió buena parte del sistema.
La República Dominicana no experimentó una revolución semejante a la cubana. El aparato estatal continuó funcionando. Las Fuerzas Armadas permanecieron intactas.
Amplios sectores de la élite económica, administrativa y política lograron adaptarse a las nuevas circunstancias.
De aquella transición emergería Joaquín Balaguer como la figura política dominante de las décadas siguientes.
Por eso puede afirmarse que el 30 de mayo liquidó la dictadura personal de Trujillo, pero no eliminó completamente el universo político y social que había surgido bajo su régimen.
El trujillismo, privado de su fundador, se recicló, se reorganizó y encontró nuevas formas de supervivencia dentro de la vida política nacional.
Esa es quizá la paradoja más profunda de nuestra historia contemporánea.
Los hombres que mataron a Trujillo no eran, en su mayoría, extraños al sistema que destruyeron. Habían vivido dentro de él. Habían prosperado dentro de él.
Y algunos llegaron a la conclusión de que, para salvar lo que consideraban salvable, debían eliminar al hombre que lo encarnaba.
Por eso la historia del 30 de mayo no es solamente la historia de una conspiración exitosa.
Es también la historia de una élite que comprendió que el régimen se acercaba a su final y decidió actuar antes de ser arrastrada por él.
Trujillo murió aquella noche en la carretera de San Cristóbal.
Pero la historia dominicana demostraría que la muerte de un hombre no significa necesariamente la desaparición inmediata de un sistema.
