Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
América Latina parece estar regresando lentamente a la órbita de los Estados Unidos.
No se trata de una marcha militar, ni de una reedición exacta de la Guerra Fría.
Tampoco es el resultado de una imposición ideológica uniforme.
Es un movimiento más complejo, impulsado por la geografía, la seguridad, la migración, el narcotráfico y la realidad económica de un continente que descubre nuevamente que los Estados Unidos continúan siendo el vecino inevitable.
Durante buena parte de las dos primeras décadas del siglo XXI, la influencia norteamericana pareció disminuir.
La llamada “marea rosa” llevó al poder a numerosos gobiernos de izquierda que buscaron mayor autonomía frente a Washington.
Al mismo tiempo, China avanzó silenciosamente por toda la región.
Llegó sin marines, sin bases militares y sin discursos sobre democracia.
Llegó con préstamos, inversiones, carreteras, puertos, ferrocarriles, minas, telecomunicaciones y mercados para las materias primas latinoamericanas.
Mientras los Estados Unidos concentraban gran parte de su atención en Afganistán, Irak, Ucrania o el Indo-Pacífico, China se convirtió en el principal o segundo socio comercial de casi todos los países sudamericanos.
En muchas capitales latinoamericanas comenzaron a aparecer bancos chinos, empresas constructoras chinas, redes digitales chinas y delegaciones comerciales chinas.
Pekín comprendió que el comercio puede ser tan poderoso como los portaaviones.
Sin embargo, la historia nunca permanece inmóvil.

La expansión del crimen organizado transnacional, la migración masiva, la crisis venezolana, el deterioro de Haití, el auge de los carteles mexicanos y las nuevas tensiones geopolíticas entre Washington y Pekín han modificado el panorama.
Muchos gobiernos latinoamericanos han descubierto que, cuando se trata de seguridad, inteligencia, cooperación militar y estabilidad regional, no existe un sustituto inmediato para los Estados Unidos.
Por eso hoy observamos un fenómeno aparentemente contradictorio.
Gobiernos de distintas tendencias ideológicas fortalecen sus relaciones con Washington, colaboran en materia de seguridad y buscan mantener buenas relaciones con la Casa Blanca.
Pero al mismo tiempo continúan exportando a China, reciben inversiones chinas y mantienen abiertos los canales económicos con Pekín.
Es aquí donde aparece la imagen que mejor describe la realidad continental: América Latina va caminando hacia Washington, pero lleva mercancía china en el baúl.
México depende estructuralmente de los Estados Unidos para su comercio, pero sigue recibiendo inversiones vinculadas a cadenas productivas donde participan empresas chinas.
Chile mantiene una relación política cercana con Occidente, pero buena parte de su cobre termina en el mercado chino.
Brasil es miembro de los BRICS y profundiza sus relaciones económicas con Pekín, mientras evita una confrontación directa con Washington.
Colombia continúa necesitando la cooperación estadounidense en materia de seguridad, aunque China amplía su presencia económica.
Incluso países claramente alineados con los Estados Unidos procuran no cerrar la puerta a los capitales y mercados chinos.
La República Dominicana tampoco escapa a esta lógica. Su cercanía histórica con los Estados Unidos es evidente. La economía dominicana, el turismo, las remesas y gran parte de sus exportaciones mantienen una relación íntima con el mercado norteamericano.
Sin embargo, las oportunidades comerciales provenientes de Asia también forman parte de la ecuación nacional.
Como ocurre en el resto del continente, la clave consiste en aprovechar las oportunidades sin sacrificar la autonomía.
La diferencia fundamental con el siglo XX es que América Latina ya no quiere escoger exclusivamente entre Washington o Pekín. Aspira a relacionarse con ambos.
Quiere seguridad norteamericana y comercio chino. Quiere acceso al mercado estadounidense y financiamiento asiático. Quiere beneficiarse de la competencia entre las grandes potencias sin convertirse en campo de batalla de ninguna de ellas.
No será fácil.
La rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China seguirá creciendo.
Llegará un momento en que las presiones para elegir un lado serán más intensas.
Los puertos, las telecomunicaciones, la inteligencia artificial, los minerales estratégicos y las redes digitales se convertirán en temas cada vez más sensibles.
Lo que hoy parece una coexistencia pragmática podría transformarse mañana en una difícil prueba de equilibrio.
Por ahora, sin embargo, la fotografía del continente es clara.
Los gobiernos latinoamericanos observan nuevamente a Washington con atención. La geografía sigue pesando. La seguridad sigue pesando.
La influencia política de los Estados Unidos continúa siendo determinante.
Pero mientras avanzan hacia el norte, todavía llevan mercancía china en el baúl.
Y esa imagen resume mejor que cualquier tratado académico la compleja realidad geopolítica de América Latina en la segunda mitad de la década de 2020.
