Por José Manuel Jerez
La irrupción de las candidaturas antisistema y de los llamados “outsiders” constituye uno de los fenómenos más estudiados por la ciencia política contemporánea. Desde América Latina hasta Europa y los Estados Unidos, la crisis de confianza en los partidos tradicionales, la desafección ciudadana y la creciente personalización del poder han propiciado la aparición de figuras que construyen su legitimidad no desde las estructuras partidarias clásicas, sino desde la confrontación con ellas. En ese contexto, la figura de Abelardo de la Espriella representa un caso particularmente interesante para el análisis político, en la medida en que su estrategia de comunicación parece responder al modelo del outsider que transforma la campaña electoral en un espectáculo permanente.
El espectáculo político no debe ser entendido únicamente como una sucesión de escándalos o de declaraciones provocadoras. En realidad, se trata de una sofisticada técnica de construcción simbólica mediante la cual el candidato deja de ser percibido como un dirigente tradicional para convertirse en un personaje capaz de monopolizar la atención pública. La lógica ya no consiste en presentar programas de gobierno complejos, sino en dominar la agenda mediática, producir emociones y establecer una relación directa con los ciudadanos a través de narrativas simplificadas y altamente polarizadoras. El candidato deja de competir exclusivamente en el terreno de las ideas para hacerlo en el ámbito de la percepción y del impacto emocional.
En el caso colombiano, la estrategia desarrollada por Abelardo de la Espriella parece apoyarse precisamente en esa lógica. Su discurso confrontativo, la construcción de una imagen de hombre fuerte y la permanente generación de episodios de alto contenido mediático forman parte de un libreto cuidadosamente diseñado para presentarlo como una alternativa distinta al establecimiento político. En ese esquema, la polémica deja de ser un accidente y se convierte en una herramienta deliberada de posicionamiento. La controversia produce visibilidad, y la visibilidad se traduce en capital político.
Sin embargo, la transformación de la política en espectáculo encierra una paradoja. Cuanto más exitoso resulta un outsider en la captación de la atención pública, mayor es el riesgo de que la discusión programática sea desplazada por la teatralización del debate político. La democracia necesita emociones, pero también requiere deliberación racional. Cuando las campañas terminan reducidas a una sucesión de gestos, frases virales y conflictos cuidadosamente administrados, el ciudadano corre el riesgo de convertirse en espectador antes que en participante consciente del proceso democrático.
La experiencia comparada ofrece abundantes ejemplos. Desde Donald Trump hasta Javier Milei, pasando por Nayib Bukele, numerosos líderes han comprendido que la sociedad contemporánea consume la política bajo las mismas lógicas con las que consume entretenimiento. La televisión, las redes sociales y las plataformas digitales han modificado profundamente las formas tradicionales de comunicación política. En consecuencia, la capacidad de producir acontecimientos mediáticos se ha convertido en un recurso tan importante como la organización territorial o la fortaleza partidaria.
No obstante, existe una diferencia esencial entre la espectacularización de la política y la construcción de una mayoría electoral efectiva. Generar titulares no siempre significa conquistar votos suficientes. La notoriedad pública puede impulsar el ascenso de una candidatura, pero también puede generar altos niveles de rechazo. En sistemas altamente polarizados, las figuras que despiertan adhesiones intensas suelen provocar, simultáneamente, resistencias igualmente profundas. De ahí que la conversión de una candidatura mediática en una candidatura victoriosa constituya uno de los mayores desafíos para cualquier outsider.
Desde esa perspectiva, el caso de Abelardo de la Espriella plantea interrogantes relevantes para el futuro político colombiano. ¿Hasta qué punto el espectáculo puede sustituir a la estructura partidaria? ¿Puede una narrativa basada en la confrontación permanente consolidar una mayoría estable? ¿Dónde se encuentra la frontera entre la autenticidad y la construcción de un personaje político? Estas preguntas no se limitan a una candidatura específica, sino que forman parte de uno de los grandes debates del siglo XXI sobre la naturaleza misma de la representación democrática.
La creciente influencia de las redes sociales ha acelerado este fenómeno. En la era digital, la política se mide cada vez más por la capacidad de generar tendencia, viralizar contenidos y dominar los ciclos informativos. El algoritmo premia la controversia, la simplificación y el conflicto, elementos que favorecen naturalmente a los candidatos con perfiles disruptivos. En consecuencia, el outsider encuentra en el ecosistema digital un terreno particularmente favorable para desafiar a las organizaciones tradicionales y presentarse como la encarnación del cambio.
Pero la historia demuestra que gobernar es una tarea distinta a la de protagonizar una campaña. El espectáculo puede ser una formidable herramienta para conquistar la atención colectiva, pero la administración del Estado exige instituciones, equipos técnicos, consensos y capacidad de gestión. La política convertida exclusivamente en espectáculo corre el riesgo de producir liderazgos altamente visibles, pero insuficientemente preparados para enfrentar la complejidad del ejercicio del poder.
En pocas palabras, la trayectoria de Abelardo de la Espriella constituye una expresión paradigmática de una tendencia más amplia que trasciende a Colombia. Más que el fenómeno de un individuo, representa la manifestación de una nueva época en la que las campañas electorales se asemejan cada vez más a grandes escenarios de comunicación emocional. El verdadero desafío para las democracias contemporáneas consiste en impedir que la espectacularización termine sustituyendo la deliberación, porque cuando la política deja de ser un espacio para discutir proyectos colectivos y se transforma exclusivamente en una representación escénica, la ciudadanía corre el riesgo de aplaudir el espectáculo sin advertir que el destino de la República sigue decidiéndose detrás del telón.
