Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Las discusiones políticas modernas suelen estar cargadas de pasiones, consignas y simplificaciones.
Las redes sociales han acelerado ese fenómeno hasta extremos sorprendentes.
Sin embargo, de vez en cuando aparece una imagen o una frase que obliga a recordar hechos históricos que muchos preferirían olvidar.


Una de ellas ha vuelto a circular en Estados Unidos a propósito de la inmigración ilegal y del mercado laboral.
La frase es sencilla. Ante el argumento de que los inmigrantes indocumentados realizan trabajos que los ciudadanos estadounidenses no quieren hacer, algunos comentaristas responden que algo parecido se decía durante la época de la esclavitud.
La comparación es polémica y discutible, pero tiene el mérito de obligar a revisar la historia.
Y la historia, cuando se examina sin prejuicios, revela un dato que hoy incomoda a muchos: durante gran parte del siglo XIX, los principales defensores políticos de la esclavitud eran los demócratas del Sur de los Estados Unidos.
Los estados esclavistas que formaban la Confederación estaban dominados por dirigentes demócratas.
Las plantaciones de algodón, tabaco, arroz y azúcar dependían de millones de esclavos africanos y sus descendientes.
Los grandes propietarios sostenían que sin aquella mano de obra la economía sureña colapsaría.
La esclavitud era presentada no solamente como una institución legal sino como una necesidad económica.
Muchos políticos de la época afirmaban que la prosperidad del Sur dependía de ella.
En contraste, el Partido Republicano surgió precisamente como una fuerza opuesta a la expansión de la esclavitud hacia los nuevos territorios del Oeste.
No todos los republicanos eran abolicionistas radicales, pero el nuevo partido se convirtió rápidamente en el principal adversario político del sistema esclavista.
Cuando Abraham Lincoln ganó las elecciones presidenciales de 1860 como candidato republicano, la reacción de los estados esclavistas fue inmediata.
Varios decidieron separarse de la Unión incluso antes de que Lincoln asumiera la presidencia.
Temían que el crecimiento político republicano terminara limitando o eliminando la institución que sostenía su modelo económico.
La Guerra Civil que siguió costó centenares de miles de vidas y transformó para siempre la historia estadounidense.
Lincoln inició el conflicto con el objetivo fundamental de preservar la Unión, pero el curso de la guerra terminó convirtiendo la abolición de la esclavitud en uno de sus principales objetivos políticos y morales.
La Proclamación de Emancipación de 1863 y posteriormente la Decimotercera Enmienda acabaron formalmente con la esclavitud en los Estados Unidos.
Naturalmente, la historia no se detuvo allí.
Durante el siglo XX los partidos estadounidenses cambiaron profundamente.
El Partido Demócrata de Franklin Roosevelt, John Kennedy o Lyndon Johnson era muy diferente al partido de los grandes plantadores sureños del siglo XIX.
Del mismo modo, el Partido Republicano contemporáneo no es idéntico al de Lincoln.
Hubo realineamientos políticos, migraciones electorales y transformaciones ideológicas que modificaron la geografía política norteamericana.
Sin embargo, los hechos históricos permanecen.
Cuando se habla de la esclavitud en los Estados Unidos, resulta imposible ignorar que los estados esclavistas estaban dominados políticamente por los demócratas y que Abraham Lincoln era republicano.
Ese dato forma parte de la memoria histórica del país, independientemente de las preferencias partidarias actuales.
La discusión contemporánea sobre inmigración, empleo y crecimiento económico ha reabierto indirectamente ese viejo debate.
Algunos sostienen que determinados sectores de la economía estadounidense dependen de trabajadores inmigrantes de bajos salarios.
Otros responden que ninguna sociedad debería justificar una situación simplemente porque resulte económicamente conveniente.
Es una discusión compleja y legítima.
Mientras tanto, el presidente Donald Trump insiste en otro argumento relacionado con la economía.
Tras la publicación de un sólido informe de empleo, expresó su sorpresa porque los mercados bursátiles reaccionaran negativamente.
Recordó que durante generaciones el crecimiento económico y la creación de puestos de trabajo eran considerados señales inequívocas de prosperidad nacional.
Su observación refleja una tensión creciente entre la economía real y los mercados financieros.
Para millones de ciudadanos, más empleo significa progreso.
Para algunos inversionistas, en cambio, una economía demasiado fuerte puede traducirse en expectativas de inflación o de mayores tasas de interés.
Detrás de todas estas discusiones aparece una pregunta más profunda: ¿qué tipo de economía quiere construir Estados Unidos durante las próximas décadas?
Una economía basada en la producción, el trabajo y el crecimiento sostenido, o una economía cada vez más condicionada por los movimientos financieros, las tasas de interés y las complejas dinámicas de los mercados globales.
La historia enseña que las sociedades suelen justificar sus sistemas económicos mientras producen prosperidad.
Pero también enseña que tarde o temprano terminan enfrentándose a preguntas morales que ninguna cifra puede responder.
Así ocurrió con la esclavitud en el siglo XIX.
Y quizá por eso los viejos debates continúan reapareciendo, bajo nuevas formas, en las discusiones del presente.
