Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Durante siglos la Iglesia Católica ha enseñado que el Papa es un hombre y no una institución abstracta.
Tiene un cuerpo que envejece, una mente que se fatiga y unas fuerzas que inevitablemente disminuyen con el paso del tiempo.
Sin embargo, pocas veces en la historia reciente la cuestión de la salud de un Pontífice ha provocado tantas preguntas como ocurrió durante los últimos años del pontificado del Papa Francisco.

Como embajador ante la Santa Sede tuve la oportunidad de observar de cerca a dos pontífices muy distintos en temperamento, estilo y forma de enfrentar la fragilidad humana.
Recuerdo que Francisco, desde los primeros años de su pontificado, caminaba con un ligero desbalance, aunque sin ayuda externa.
Sus movimientos eran naturales y conservaba una notable energía personal.

Siempre llamaban la atención aquellos zapatos oscuros, sencillos, casi deportivos, que contrastaban con la imagen tradicional del pontífice.
Entre los embajadores comentábamos con frecuencia esas diferencias respecto de Benedicto XVI, cuya constitución física era más frágil y quien, en algunas de sus últimas apariciones públicas antes de la renuncia, necesitaba ser transportado mediante plataformas móviles para facilitar sus desplazamientos.
Las imágenes de los últimos años de Francisco permanecen grabadas en la memoria colectiva.
El Papa aparecía cada vez con mayor frecuencia en silla de ruedas.
Los dolores en las rodillas limitaron sus desplazamientos.
Las infecciones respiratorias se hicieron recurrentes.
En algunas ocasiones se le vio utilizando oxígeno.
Los movimientos eran lentos, el rostro mostraba un evidente agotamiento físico y las apariciones públicas requerían una logística cada vez más compleja.
Todo ello era visible para millones de personas alrededor del mundo.
La pregunta que inevitablemente surge es si la información proporcionada por el Vaticano reflejaba plenamente la magnitud de aquel deterioro o si, por el contrario, existió una tendencia a minimizarlo.
La cuestión no es menor.
En una época dominada por las redes sociales, las filtraciones y la comunicación instantánea, cualquier diferencia entre la realidad observable y los comunicados oficiales termina generando sospechas, rumores y especulaciones.
El contraste con Benedicto XVI resulta inevitable.
En julio de 2009, durante unas vacaciones en el Valle de Aosta, sufrió una caída que le provocó una fractura en la muñeca derecha.
La noticia fue comunicada rápidamente por el Vaticano y el Papa continuó con sus actividades utilizando una protección visible en el brazo.
Años después, el 11 de febrero de 2013, sorprendió al mundo al anunciar su renuncia al ministerio petrino, explicando que sus fuerzas físicas y espirituales ya no eran suficientes para ejercer adecuadamente el gobierno de la Iglesia.
Aquella declaración fue extraordinariamente clara.
No apeló a conspiraciones ni a enemigos invisibles.
Habló simplemente de la realidad humana del envejecimiento.
Con el paso del tiempo, la decisión de Benedicto ha sido vista por muchos historiadores como un acto de lucidez y realismo.
Vivió casi una década más después de su renuncia, retirado en el monasterio Mater Ecclesiae dentro del Vaticano, donde falleció el 31 de diciembre de 2022.
Durante esos años no existió una lucha por el poder ni una crisis institucional provocada por su estado de salud.
Su sucesión había sido resuelta con anticipación y la Iglesia continuó funcionando con normalidad.
Francisco eligió un camino diferente.
Desde los primeros años de su pontificado manifestó que la renuncia de un Papa debía considerarse una posibilidad legítima, pero nunca una obligación automática.
Sostenía que la fragilidad física no impedía necesariamente gobernar la Iglesia.
En diversas entrevistas afirmó que mientras conservara claridad mental continuaría desempeñando su misión.
Aquella postura reflejaba una visión profundamente pastoral: la idea de que un anciano enfermo también puede ofrecer un testimonio valioso al mundo contemporáneo.
Sin embargo, precisamente a partir de 2018 comenzaron a multiplicarse las señales de deterioro físico.
Las operaciones quirúrgicas, los problemas de movilidad, las infecciones respiratorias y las limitaciones crecientes se hicieron cada vez más frecuentes.
Mientras tanto, el Vaticano insistía en presentar cada episodio como un problema puntual y controlado.
La consecuencia fue paradójica.
Francisco había denunciado en numerosas ocasiones la cultura del rumor y la difusión de chismes, pero la falta de información detallada terminó alimentando exactamente aquello que deseaba evitar.
Es importante distinguir entre deterioro físico y deterioro intelectual.
Las fotografías muestran claramente la pérdida progresiva de fuerza física, pero no constituyen por sí mismas una prueba de pérdida de facultades mentales.
Durante esos años Francisco continuó promulgando documentos, nombrando obispos, recibiendo jefes de Estado y tomando decisiones de gobierno.
La existencia de una silla de ruedas o de una cánula de oxígeno no implica automáticamente incapacidad para ejercer el cargo.
No obstante, la percepción pública se construye también a través de las imágenes.
Y las imágenes finales de Francisco resultaron impactantes.
Para muchos fieles evocaban la figura de un pastor que permanecía en su puesto a pesar del sufrimiento.
Para otros reflejaban una situación que requería una discusión más abierta sobre los límites físicos del pontificado.
Ambas interpretaciones coexistieron durante años.
La historia probablemente juzgará de manera distinta a ambos pontífices.
Benedicto XVI será recordado como el Papa que reconoció abiertamente sus limitaciones y renunció para evitar problemas futuros a la Iglesia.
Francisco será recordado como el Papa que decidió continuar hasta el final, convencido de que la misión podía ejercerse incluso desde la debilidad física.
Ninguna de las dos opciones era sencilla.
Ambas implicaban costos personales e institucionales.
Lo que sí parece claro es que la transparencia reduce las especulaciones y fortalece la confianza pública.
Benedicto eligió explicar con crudeza la realidad de su situación.
En el caso de Francisco, la comunicación oficial fue más gradual, más cautelosa y, en ocasiones, más ambigua.
Esa diferencia explica por qué todavía hoy muchas personas se preguntan si conocieron toda la verdad sobre la evolución de su salud.
Quizás la enseñanza más profunda de esta comparación no sea médica ni política, sino humana.
Incluso los hombres que ocupan la Cátedra de Pedro siguen siendo vulnerables al tiempo.
La enfermedad, la fragilidad y la vejez no distinguen entre reyes, presidentes o papas.
Lo único que cambia es la manera en que cada uno decide enfrentarlas ante la historia y ante su propia conciencia.
Benedicto XVI optó por retirarse cuando entendió que ya no poseía las fuerzas necesarias para conducir la Iglesia universal.
Francisco eligió permanecer hasta donde se lo permitieron sus energías.
Dos decisiones distintas frente a una misma realidad.
Dos maneras de entender el servicio.
Dos respuestas humanas ante el mismo desafío inevitable.
Y precisamente por eso, más allá de simpatías o diferencias, ambos terminaron ofreciendo una lección que trasciende la política eclesiástica: la grandeza de un pontífice no depende de la ausencia de fragilidad, sino de la forma en que afronta la fragilidad cuando ésta llega.
