Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay relaciones entre naciones que nacen de un tratado, de una guerra, de una frontera o de un cálculo diplomático.
Hay otras, más profundas, que se construyen lentamente a través de los siglos, mezclando sangre, fe, comercio, migraciones, ideas políticas, arquitectura, tragedias, amistades y memoria.
Las relaciones entre Italia y la República Dominicana pertenecen a esta segunda categoría.
No son simplemente una historia de embajadas, visitas oficiales y acuerdos bilaterales.
Son una historia de larga duración, una corriente histórica que atraviesa continentes y generaciones, desde el Renacimiento y la conquista hasta la diplomacia contemporánea, pasando por la independencia dominicana, el urbanismo moderno, el Vaticano, las guerras mundiales y la democracia.
Para comprender esta relación no basta con mirar el presente.
Hay que volver atrás, muy atrás, al momento en que un navegante genovés llamado Cristoforo Colombo llegó a la isla La Española y abrió el capítulo americano de la expansión europea.
Américo Lugo recordaba con precisión jurídica e histórica que Colón fue el fundador de la colonia española en Santo Domingo.
Desde allí comienza una relación indirecta pero fundacional entre la tierra que luego sería República Dominicana y la península italiana.
Poco después aparece otra figura italiana esencial: Alejandro Geraldini, natural de Amelia, primer obispo residente en Santo Domingo y protagonista del inicio de la construcción de la Catedral Primada de América.
No era un detalle ornamental. La influencia religiosa, intelectual y cultural que provenía de Roma y de la tradición italiana penetró desde temprano en la formación del alma dominicana.
Más tarde, la historia volvió a cruzar nuestros caminos de una manera inesperada.
En 1802, Napoleón Bonaparte, nacido en Córcega, de familia originaria de Toscana, envió a La Española la gran expedición comandada por el general Emmanuel Leclerc, esposo de su hermana Paulina Bonaparte, con el propósito de desplazar a Toussaint Louverture de la parte oriental de la isla.
Aquella expedición, nacida del torbellino de las guerras napoleónicas, traía consigo soldados procedentes de regiones próximas a Génova, Liguria y otros territorios italianos.
Algunos murieron; otros se quedaron; otros dejaron descendencia. De esa corriente histórica surgirían apellidos incorporados a la identidad dominicana: Bonetti, Billini, Campillo, Bonelli, Imbert, Cambiaso y otros.
Italia no solo tocó la historia dominicana desde lejos: se mezcló con ella.
Juan Bautista Cambiaso, genovés, se convertiría en uno de los fundadores de la Marina Dominicana y pieza esencial de la defensa naval de la independencia.
Duarte y Mazzini
Y aún más interesante resulta la relación intelectual entre Juan Pablo Duarte y Giuseppe Mazzini.
Emilio Rodríguez Demorizi, con intuición historiográfica notable, advirtió las semejanzas entre el fundador de La Trinitaria y el creador de la Joven Italia.
Duarte viajó por el sur de Europa cuando las ideas republicanas y nacionalistas de Mazzini agitaban el continente.
La Joven Italia y la Joven Europa precedieron a La Trinitaria.
No se trata de afirmar una dependencia mecánica, sino de reconocer que Duarte respiró un clima intelectual donde la nación era concebida como comunidad moral y proyecto emancipador.
Así como Mazzini soñó una Italia unificada, Duarte soñó una República Dominicana soberana.
Con el paso del tiempo, las relaciones entre ambos pueblos dejaron de ser únicamente culturales o humanas y adquirieron dimensión diplomática moderna.
En los años treinta del siglo XX, la radio —esa invención asociada al genio italiano Guglielmo Marconi— permitió contactos regulares entre italianos y dominicanos, según documentos conservados en los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia.
Pero luego llegó la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Italia cayó bajo el fascismo de Benito Mussolini; la República Dominicana de Rafael Leónidas Trujillo se alineó con los Aliados tras diciembre de 1941; las relaciones oficiales se rompieron; ciudadanos italianos residentes en Santo Domingo sufrieron restricciones y vigilancia policial.
Fue el momento más oscuro del vínculo bilateral. Sin embargo, incluso esa ruptura no destruyó las raíces históricas que unían a ambos pueblos.
Aquí aparece una figura inevitable y compleja: Rafael Leónidas Trujillo Molina.
Durante mucho tiempo se ha presentado la relación moderna entre Italia y la República Dominicana como si comenzara con la democracia posterior a 1961.
Eso sería históricamente incompleto. Trujillo realizó en 1954 una visita de gran importancia a Roma, en calidad de Embajador Extraordinario en Misión Especial, con motivo de la firma del Concordato entre la Santa Sede y la República Dominicana.
Ese viaje no fue un simple acto protocolar. Tuvo profundas implicaciones diplomáticas, religiosas, simbólicas y urbanísticas.
En el plano diplomático, consolidó la relación del régimen trujillista con la Santa Sede y reforzó su legitimidad internacional.
Pero en el plano urbano y arquitectónico produjo efectos aún más visibles.
La Roma que Trujillo observó en 1954 era una ciudad que había sobrevivido a la guerra conservando una poderosa estética monumental heredada del pasado clásico y de la arquitectura estatal del siglo XX.
Grandes avenidas, ejes ceremoniales, monumentalidad del poder, plazas, edificios públicos concebidos como escenografía de autoridad.
Esa experiencia impresionó profundamente al dictador.
No es casual que poco después Santo Domingo experimentara una transformación urbana de enorme escala con motivo de la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre de 1955, concebida para conmemorar los veinticinco años del régimen.
La Feria fue un espectáculo de poder, modernización y propaganda estatal, pero también un ambicioso proyecto urbanístico.
En ese esfuerzo aparece un detalle que revela nuevamente la profundidad de la conexión ítalo-dominicana: Gianni Vicini, miembro de una de las familias de origen italiano más influyentes del país, actuó como tesorero del Comité Organizador de aquellas celebraciones. Italia no era solamente referencia estética; era también presencia empresarial y humana dentro del proyecto dominicano de modernización.
El propio Palacio Nacional, diseñado en 1947 por el arquitecto italiano Guido D’Alessandro, es testimonio permanente de esa impronta.
Juan Bosch
Sin embargo, si Trujillo representa el vínculo diplomático y monumental de una dictadura con Roma, Juan Bosch representa el nacimiento del vínculo democrático moderno entre la República Dominicana y la República Italiana.
En enero de 1963, Bosch, electo con el 60 por ciento de los votos en las primeras elecciones democráticas posteriores a la dictadura, viajó a Europa antes de asumir formalmente el poder el 27 de febrero.
Fue recibido en Washington por John F. Kennedy, y luego en Europa por Charles de Gaulle, Konrad Adenauer, Harold Macmillan y, en Roma, por el presidente italiano Antonio Segni en el Palacio del Quirinale, con tratamiento de jefe de Estado, acompañado de su esposa.
Ese gesto tenía enorme significado político. Italia reconocía no a un régimen autoritario en busca de legitimación, sino a la nueva democracia dominicana. Bosch fue el precursor de la relación democrática contemporánea entre ambos Estados.
A partir de allí se consolidó una nueva etapa.
En 1965, Giulio Andreotti, entonces ministro de Defensa italiano, visitó la República Dominicana en representación del gobierno italiano durante los congresos marianos internacionales impulsados por Pablo VI. En 1990, regresaría como jefe del gobierno italiano.
En 1999, el presidente Leonel Fernández realizó visita oficial de Estado a Italia y fue recibido por el presidente Oscar Luigi Scalfaro, consolidando acuerdos bilaterales.
Durante el gobierno de Danilo Medina, los vínculos se fortalecieron aún más. En 2019, Medina sostuvo un almuerzo oficial de trabajo con el presidente Sergio Mattarella en el Quirinale.
Allí se evocó el papel del arquitecto Guido D’Alessandro en el diseño del Palacio Nacional, la figura de Geraldini y el legado de la comunidad italiana.
Y la continuidad histórica se mantuvo.
En mayo de 2024, el presidente Luis Abinader fue recibido oficialmente en Roma por el presidente Sergio Mattarella, confirmando que las relaciones ítalo-dominicanas han alcanzado una madurez institucional que trasciende gobiernos, partidos y coyunturas.
De manera paralela, el tejido humano entre ambos países se ha profundizado enormemente. Miles de italianos han vivido o invertido en República Dominicana.
Miles de dominicanos trabajan y residen en Italia. El turismo, la cooperación técnica, la cultura, la arquitectura, el intercambio académico y las relaciones empresariales han convertido esa amistad en una realidad tangible.
Cuando siendo embajador dominicano ante la Santa Sede visité en 2013 los archivos históricos italianos, comprobé documentalmente esa continuidad.
Allí estaban las correspondencias, los intercambios, los registros diplomáticos, las huellas de una relación mucho más rica de lo que generalmente se imagina.
Y quizá ese sea el verdadero punto.
Las relaciones entre Italia y la República Dominicana no son solamente relaciones entre Estados.
Son relaciones entre pueblos.
Entre el genovés Colombo y la isla caribeña. Entre Geraldini y la Catedral Primada. Entre Cambiaso y la independencia. Entre Mazzini y Duarte. Entre la Roma monumental y la modernización urbana de Santo Domingo. Entre el Concordato de 1954 y la Feria de la Paz. Entre Bosch y Segni. Entre Scalfaro, Mattarella, Leonel, Medina y Abinader.
Son relaciones de memoria larga.
Porque algunos vínculos diplomáticos se firman.

Otros se heredan.
