Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Inglaterra, Francia y Alemania están redescubriendo el Estado estratégico después de más de cuarenta años en que predominó una convicción que parecía incuestionable.
Se repetía en universidades, organismos internacionales, bancos de inversión y ministerios de economía.
El Estado debía retirarse gradualmente de la actividad económica.
La propiedad pública era considerada ineficiente.
Los mercados serían capaces de asignar mejor los recursos, estimular la innovación y garantizar un crecimiento sostenido.
La privatización fue presentada como una ley inevitable de la historia moderna y como el destino natural de las economías contemporáneas.

Muchos países de América Latina, África y Asia reorganizaron sus instituciones siguiendo aquella doctrina.
Empresas públicas fueron vendidas. Sectores estratégicos pasaron a manos privadas.
La globalización parecía anunciar un mundo en el que las fronteras económicas perderían importancia y donde el comercio internacional sustituiría progresivamente las antiguas rivalidades geopolíticas.
Sin embargo, la historia rara vez avanza en línea recta.
Lo que hoy observamos en Inglaterra, Francia y Alemania constituye una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.
Las mismas naciones que durante décadas fueron presentadas como modelos del capitalismo moderno están fortaleciendo nuevamente la presencia del Estado en sectores considerados estratégicos.
Nacionalizaciones parciales, rescates públicos, subsidios industriales, protección tecnológica, inversiones estatales y control de infraestructuras críticas han regresado al centro de las políticas públicas.
No estamos ante un retorno al socialismo clásico.
Tampoco ante un abandono de la economía de mercado.
Lo que está ocurriendo es algo más complejo y probablemente más trascendente.
Estamos presenciando el nacimiento de una nueva etapa histórica en la cual economía, seguridad nacional y poder geopolítico vuelven a entrelazarse de una manera que recuerda otros grandes momentos de transformación internacional.
El Fondo Monetario Internacional ha comenzado a describir este fenómeno mediante una palabra que cada día adquiere mayor relevancia:
GeoEconomía.
La edición de junio de 2026 de Finance & Development sostiene que el mundo está entrando en una era en la cual la política económica ya no puede separarse de la seguridad nacional.
Los gobiernos utilizan crecientemente aranceles, sanciones financieras, controles tecnológicos, subsidios industriales, restricciones a las inversiones y participación estatal para proteger intereses considerados esenciales para la supervivencia económica y estratégica de sus países.
La pregunta central ya no es únicamente quién produce más riqueza.
La nueva pregunta es quién controla los puntos críticos del sistema económico mundial.
Los economistas Christopher Clayton, Matteo Maggiori y Jesse Schreger explican que el poder contemporáneo surge cada vez más del control de infraestructuras financieras, sistemas de pagos internacionales, minerales estratégicos, semiconductores avanzados, redes digitales, puertos, inteligencia artificial, tecnologías de defensa y cadenas globales de suministro.
Quien controla esos puntos de estrangulamiento posee una capacidad de influencia que trasciende ampliamente las viejas nociones del comercio internacional.
La geografía ha regresado a la economía.
La política ha regresado a los mercados.
La soberanía ha regresado al centro del debate internacional.
Durante décadas predominó la convicción de que la globalización reduciría progresivamente la importancia de las rivalidades geopolíticas.
Se creyó que las inversiones, las cadenas globales de valor y el libre comercio crearían un mundo cada vez más integrado y menos conflictivo. Sin embargo, la pandemia de COVID-19, la guerra en Ucrania, la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, las crisis energéticas europeas y la competencia mundial por minerales estratégicos demostraron que la interdependencia también puede convertirse en una fuente de vulnerabilidad.
Muchos gobiernos descubrieron que dependían de proveedores extranjeros para productos esenciales. Otros comprendieron que podían ser objeto de sanciones financieras o restricciones tecnológicas.
Algunos comprobaron que cadenas logísticas aparentemente eficientes podían paralizarse en cuestión de semanas.
Por eso una nueva palabra domina actualmente los análisis internacionales: resiliencia.
La capacidad de resistir sanciones, conflictos, interrupciones energéticas, bloqueos tecnológicos, crisis logísticas o rupturas de cadenas de suministro se ha convertido en un objetivo tan importante como el crecimiento económico.
Es precisamente dentro de ese contexto donde debe entenderse la nueva ola de nacionalizaciones estudiada por el historiador económico Nicholas Mulder en su ensayo The New Wave of Nationalization, publicado por el Fondo Monetario Internacional.
Mulder muestra cómo gobiernos de distintos continentes han acelerado la toma de control de empresas estratégicas, recursos naturales e infraestructuras esenciales a una velocidad que no se observaba desde hace varias décadas.
La paradoja histórica resulta fascinante.
Fue Inglaterra la que vio nacer la Revolución Industrial.
Fue Francia la que contribuyó decisivamente al desarrollo de las instituciones financieras modernas.
Fue Alemania la que perfeccionó los modelos de organización industrial que transformaron a Europa en una potencia económica mundial.
Sin embargo, cuando llegaron las grandes turbulencias geopolíticas del siglo XXI, esos mismos países recurrieron nuevamente al Estado.
Francia fortaleció el control público de empresas energéticas consideradas fundamentales para la seguridad nacional.
Alemania intervino compañías energéticas para garantizar el abastecimiento interno durante la crisis provocada por la guerra en Ucrania.
El Reino Unido retomó el control de servicios ferroviarios y reforzó la supervisión pública de actividades consideradas estratégicas para la economía nacional.
No son episodios aislados.
Son manifestaciones visibles de una transformación mucho más profunda.
La historia ofrece una perspectiva esclarecedora.
Durante la Gran Depresión de los años treinta, numerosas economías capitalistas nacionalizaron bancos, industrias y sistemas de transporte para evitar el colapso económico.
Después de la Segunda Guerra Mundial apareció una segunda gran ola de nacionalizaciones que acompañó la reconstrucción europea y los extraordinarios años de crecimiento conocidos como los Treinta Años Gloriosos.
Pero existe un detalle frecuentemente olvidado.
Incluso durante los períodos de mayor expansión del capitalismo liberal, el Estado nunca desapareció.
La Inglaterra victoriana protegía agresivamente sus rutas comerciales y su supremacía marítima.
Alemania mantenía una estrecha coordinación entre banca, industria y gobierno.
Francia desarrolló una sólida tradición de planificación estratégica y de intervención estatal en sectores clave.
En realidad, el capitalismo nunca fue una historia de ausencia estatal.
Fue una historia de distintas formas de presencia estatal.
La diferencia es que durante las últimas décadas el debate estuvo dominado por categorías ideológicas heredadas de la Guerra Fría.
Hoy la discusión se está desplazando hacia otro terreno.
La cuestión ya no consiste en elegir entre Estado o mercado.
La cuestión consiste en determinar qué sectores son demasiado importantes para quedar expuestos a vulnerabilidades estratégicas.
La transición energética requiere litio, cobre, níquel, uranio y tierras raras.
La revolución digital depende de semiconductores avanzados y centros de procesamiento de datos.
Las cadenas logísticas dependen de puertos, telecomunicaciones y sistemas financieros seguros. La defensa nacional depende cada vez más de tecnologías sofisticadas y capacidades industriales propias.
Por esa razón la geoeconomía está transformando gradualmente las prioridades de los gobiernos.
Las experiencias contemporáneas muestran que ni la estatización absoluta ni la privatización absoluta constituyen soluciones universales.
Los países exitosos han utilizado ambas fórmulas cuando las circunstancias históricas lo han exigido.
Lo decisivo no ha sido la pureza doctrinal sino la capacidad de identificar cuáles sectores son estratégicos y cómo administrarlos con eficiencia, transparencia y visión de largo plazo.
La experiencia de Inglaterra, Francia y Alemania resulta particularmente reveladora porque proviene precisamente de países que ayudaron a construir el capitalismo moderno.
Cuando esas naciones fortalecen nuevamente el papel del Estado en áreas críticas, están enviando una señal que el resto del mundo observa con atención.
La enseñanza no consiste en copiar sus políticas.
La verdadera lección es más profunda.
Las naciones exitosas suelen combinar pragmatismo económico con visión estratégica. No se subordinan permanentemente a dogmas ideológicos. Adaptan sus instrumentos a las exigencias de cada época histórica.
Tal vez por eso la verdadera discusión del siglo XXI ya no sea capitalismo o socialismo, nacionalización o privatización.
La pregunta decisiva parece ser otra.
¿Qué capacidades estratégicas debe conservar una nación para seguir siendo dueña de su propio destino?
Porque la gran cuestión contemporánea ya no es únicamente cuánto produce una economía. La pregunta fundamental consiste en determinar cuánto controla de aquello que necesita para sobrevivir, prosperar y defender sus intereses en un mundo cada vez más competitivo.
Energía, alimentos, agua, minerales críticos, sistemas financieros, telecomunicaciones, inteligencia artificial, puertos, cadenas logísticas y tecnologías avanzadas se han convertido en los nuevos territorios estratégicos de la competencia internacional.
Los hechos, como suele ocurrir, hablan mucho más fuerte que las ideologías.
Y quizás esa sea la gran lección de nuestro tiempo. Durante años se creyó que la economía podía separarse de la política y que los mercados podían funcionar al margen de la historia. Hoy ocurre exactamente lo contrario.
La política ha regresado a la economía. La geografía ha regresado a la estrategia. La soberanía ha regresado al centro del debate.
Porque cuando las grandes tormentas sacuden al mundo, los pueblos siguen mirando hacia el Estado para proteger su seguridad, su bienestar y su futuro.
Por eso Inglaterra, Francia y Alemania han vuelto a fortalecer el papel del Estado. No porque hayan abandonado el capitalismo, sino porque han comprendido que el mercado por sí solo no garantiza la seguridad estratégica.
La estabilidad económica, como la estabilidad política, no se improvisa. Se construye. No se importa. Se fabrica.
Y cuando llega la hora de defenderla, incluso las naciones que inventaron el capitalismo terminan recurriendo al instrumento más antiguo de todos: el poder organizado de la nación.
