Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay épocas en las que los pueblos creen estar viviendo la continuidad de la historia y terminan descubriendo que en realidad estaban presenciando el comienzo de una nueva era.
Eso parece estar ocurriendo en nuestros días.
Durante más de tres décadas se nos enseñó que la globalización había inaugurado un mundo diferente.
Las fronteras parecían perder importancia. El comercio internacional crecía a una velocidad sin precedentes. Las inversiones cruzaban continentes en cuestión de segundos.
Las cadenas de suministro se extendían desde Asia hasta América y desde Europa hasta África. Muchos economistas llegaron a afirmar que la geografía estaba dejando de ser un factor decisivo y que la política terminaría subordinada a las leyes impersonales de los mercados.
La realidad ha demostrado exactamente lo contrario.
La geografía no desapareció.
La política no desapareció.
El poder tampoco desapareció.
Simplemente estaba esperando su regreso.
Y ahora ha regresado con una fuerza que pocos anticiparon.
La guerra en Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China, las tensiones en el Medio Oriente, las restricciones tecnológicas, los conflictos comerciales y el creciente protagonismo de los minerales estratégicos forman parte de una misma transformación histórica.

Lo que durante años fueron asuntos separados ha comenzado a fusionarse nuevamente. Economía, seguridad, tecnología, diplomacia y defensa forman hoy una sola realidad.
La reciente portada del Financial Times que reunía en una misma edición los debates sobre inteligencia artificial, la seguridad europea, las tensiones geopolíticas y el futuro de Occidente reflejaba precisamente esa convergencia. El mundo está entrando en una época en la que las decisiones económicas vuelven a ser decisiones estratégicas.
No es casualidad.
Es el nacimiento de la geoeconomía como fuerza dominante de nuestro tiempo.
El propio Fondo Monetario Internacional ha comenzado a utilizar ese concepto para describir una realidad cada vez más evidente: los Estados están utilizando instrumentos económicos para alcanzar objetivos políticos, estratégicos y de seguridad nacional. Los aranceles, las sanciones financieras, el control de tecnologías avanzadas, las cadenas de suministro, la energía y los minerales se han convertido en herramientas d
e poder internacional.
La economía ya no es únicamente economía.
Es política.
Es estrategia.
Es poder.
Las recientes declaraciones del presidente Donald Trump sobre Irán ilustran claramente esta transformación. Más allá de las diferencias ideológicas que puedan existir respecto a su figura, Trump expresa una tendencia histórica que va mucho más allá de una administración específica. El comercio, las finanzas, la energía, las tecnologías avanzadas y los recursos estratégicos se han convertido en componentes centrales de la política exterior de las grandes potencias.
La fuerza militar continúa siendo importante.
Pero ya no actúa sola.
La coerción financiera se ha convertido en un arma.
La tecnología se ha convertido en un instrumento de soberanía.
Las cadenas de suministro se han convertido en herramientas estratégicas.
Y los recursos naturales han recuperado una importancia comparable a la que tuvieron durante las grandes etapas de expansión industrial del siglo XIX y del siglo XX.
Quizás ningún acontecimiento simboliza mejor este cambio que el retorno del oro al centro de las reservas internacionales.
Según informes recientes destacados por el Banco Central Europeo, el oro ha superado a los bonos del Tesoro de los Estados Unidos como principal activo de reserva mundial. Se trata de una noticia que habría parecido impensable hace apenas unos años.
Durante generaciones los bonos estadounidenses representaron el refugio financiero por excelencia. Sobre ellos descansó buena parte del orden monetario internacional surgido después de la Segunda Guerra Mundial. Eran el símbolo de la estabilidad global.
Sin embargo, los bancos centrales están comprando oro de manera acelerada.
No porque el dólar haya desaparecido.
No porque Estados Unidos haya dejado de ser la principal potencia económica del mundo.
Sino porque la incertidumbre geopolítica ha modificado profundamente la noción de seguridad financiera.
Cuando una nación acumula oro está comprando algo más que un metal precioso.
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Está comprando independencia.
Está comprando protección.
Está comprando capacidad de resistencia frente a crisis futuras.
Está comprando soberanía.
Y cuando el oro vuelve a ocupar el centro del sistema internacional, los países productores deben preguntarse cuál será su lugar en esta nueva realidad.
Es precisamente aquí donde la discusión adquiere una enorme importancia para la República Dominicana.
Durante más de cincuenta años el país ha explotado dos de los recursos minerales más importantes de su historia económica moderna: el ferroníquel de Bonao y el oro de Cotuí.
Las cifras acumuladas durante medio siglo representan miles de millones de dólares en exportaciones, inversiones, empleos e ingresos fiscales. Sería absurdo desconocer la contribución que esos recursos han realizado al crecimiento económico nacional.
Pero también sería legítimo formular una pregunta que durante demasiado tiempo ha permanecido ausente del debate público.
¿Qué hicimos realmente con esa riqueza?
¿Qué patrimonio permanente construimos con ella?
¿Qué reservas estratégicas dejamos para las generaciones futuras?
La pregunta no busca culpables.
Busca lecciones.
Los gobiernos dominicanos enfrentaron necesidades reales. Construyeron carreteras, presas, escuelas, hospitales, puertos, aeropuertos y sistemas eléctricos. Combatieron huracanes, crisis financieras, endeudamiento externo y enormes desafíos sociales.
Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que algunos países lograron simultáneamente atender las necesidades presentes y reservar una parte de sus recursos para el futuro.
Noruega comprendió que el petróleo se agotaría algún día.
Por eso creó uno de los fondos soberanos más importantes del planeta.
Chile comprendió la importancia estratégica de las rentas derivadas del cobre.
Los Estados petroleros del Golfo transformaron parte de sus ingresos extraordinarios en gigantescos instrumentos financieros capaces de generar riqueza mucho después de agotados los pozos.
Todos actuaron guiados por una misma idea.
Los recursos naturales son temporales.
Las minas se agotan.
Los pozos se secan.
Los minerales desaparecen.
Lo único que puede permanecer es el patrimonio construido con una parte de esa riqueza.
La nueva realidad geoeconómica hace que esta reflexión sea más importante que nunca.
El oro de Cotuí ya no puede verse exclusivamente como una exportación.
Representa una reserva estratégica en un mundo que vuelve a valorar el oro como instrumento de estabilidad y soberanía.
El ferroníquel de Bonao tampoco puede analizarse únicamente desde la perspectiva de las exportaciones.
Forma parte de una nueva competencia global por recursos esenciales para la industria, la tecnología y la seguridad económica.
La República Dominicana posee, por tanto, una oportunidad histórica.
Tal vez la más importante desde el inicio de la explotación moderna de estos recursos.
La creación de un Fondo Soberano Dominicano permitiría transformar una riqueza agotable en una riqueza permanente. Permitiría convertir una parte de las rentas mineras en reservas para futuras generaciones. Permitiría financiar investigación científica, innovación tecnológica, educación avanzada e infraestructura estratégica. Permitiría fortalecer la capacidad nacional para enfrentar crisis económicas internacionales.
Y sobre todo permitiría introducir en la cultura política dominicana una idea que las grandes naciones comprenden muy bien: los recursos naturales pertenecen tanto a quienes viven hoy como a quienes nacerán mañana.
Naturalmente, un fondo soberano no resolvería por sí mismo todos los problemas nacionales.
No eliminaría la pobreza.
No sustituiría las reformas institucionales.
No corregiría automáticamente las desigualdades sociales.
Pero sí podría convertirse en uno de los instrumentos más importantes para fortalecer la soberanía económica dominicana durante el siglo XXI.
La gran cuestión ya no es qué hicimos con el oro de Cotuí y el ferroníquel de Bonao durante los últimos cincuenta años.
La verdadera cuestión es qué haremos con ellos durante los próximos cincuenta.
Porque el mundo está cambiando.
La geografía ha regresado.
La política ha regresado.
El poder ha regresado.
Y el oro también ha regresado.
La República Dominicana todavía está a tiempo de comprender el significado de esa transformación y actuar en consecuencia.
Las naciones que entienden los cambios de época suelen prosperar.
Las que los ignoran terminan observando cómo la historia pasa delante de ellas sin aprovechar las oportunidades que una vez tuvieron en sus manos.
Fuentes: Financial Times, 3 de junio de 2026; Banco Central Europeo, informe sobre reservas internacionales y oro (2026); Fondo Monetario Internacional, Finance & Development, edición especial sobre geoeconomía, junio de 2026; declaraciones públicas del presidente Donald Trump sobre Irán (junio de 2026); documentación y experiencias internacionales sobre fondos soberanos de Noruega, Chile y los países del Golfo.

