Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay días en que el calendario deja de ser una abstracción y se convierte en un espejo.
Uno pasa décadas creyendo que el tiempo es una noción administrativa: fechas en pasaportes, reuniones diplomáticas, cumpleaños de hijos, mudanzas entre ciudades, despedidas en aeropuertos, libros terminados, gobiernos que caen, papas que mueren, presidentes que ascienden, guerras que comienzan y otras que terminan sin terminar jamás. Pero de pronto llega una mañana cualquiera —o una tarde como la de este sábado 23 de mayo de 2026— en que uno se mira entre viejos amigos, entre hombres que también han cargado sus propias batallas, y comprende con una mezcla extraña de serenidad y melancolía que el tiempo no pasó: el tiempo nos pasó por encima.

Allí, en la imponente planta industrial de Eco Acero, levantada por Manuel Estrella como símbolo tangible de una República Dominicana que todavía cree en producir, transformar y construir, rodeado del presidente Luis Abinader, de figuras empresariales, políticas y diplomáticas, de la embajadora de los Estados Unidos Leah Campos, y entre centenares de invitados vestidos con el blanco tropical de nuestras ceremonias caribeñas, experimenté esa sensación íntima que no anuncian los médicos ni los calendarios: la conciencia súbita de la edad.
No fue tristeza exactamente. Tampoco resignación. Fue más bien una claridad.

Porque allí estaba Hipólito Mejía, con esa mezcla tan suya de espontaneidad campesina, humor seco y resistencia física casi legendaria, un hombre que ha atravesado la política dominicana como quien cruza un río turbulento sin pedir permiso a la corriente. Allí estaba Julito Hazim, sobreviviente también de muchas épocas, testigo de medios, conversaciones, controversias y amistades que pertenecen ya a otra República Dominicana. Y allí estaba yo, entre ellos, viendo nuestras canas como si fueran condecoraciones discretas que nadie entrega oficialmente, pero que la vida coloca sobre los hombros.
En la juventud uno cree que envejecer les ocurre a los demás.
Veía de joven a hombres mayores conversando en recepciones, fumando lentamente, evocando presidentes muertos, crisis lejanas, nombres que para nosotros eran historia antigua, y pensaba —como piensa todo joven— que aquello pertenecía a otra especie humana. Uno se siente entonces blindado contra el tiempo. El cuerpo responde, la memoria parece infinita, los proyectos se multiplican y el futuro luce como una geografía sin fronteras.
Pero el tiempo tiene una pedagogía silenciosa.

No llega con estruendo. Se instala poco a poco en las rodillas, en la necesidad de leer con más luz, en los nombres que tardan un segundo más en aparecer en la memoria, en las fotografías donde de pronto descubrimos el rostro de nuestro padre mirándonos desde nuestro propio espejo.
Y sin embargo, qué privilegio también.

Porque envejecer no es simplemente deteriorarse. Es haber permanecido.
Es haber visto suficiente para distinguir entre la retórica y la realidad. Es haber conocido dictaduras, transiciones, entusiasmos colectivos y decepciones nacionales. Es haber entendido que muchas de las pasiones políticas de una época terminan convertidas en notas al pie de página, mientras la amistad, la dignidad personal y la memoria permanecen.

Mirando aquella ceremonia industrial —símbolo del empuje económico dominicano— pensé también en la extraña ironía de nuestra generación. Nacimos en un país marcado por la pobreza estructural, el autoritarismo y la incertidumbre; hemos vivido para ver autopistas, torres, industrias modernas, integración financiera global y una sociedad irreconocible frente a aquella nación de nuestra infancia. Y, sin embargo, interiormente seguimos siendo los muchachos que una vez caminaron creyendo que la vida apenas comenzaba.
Tal vez el verdadero peso de los años no está en el cuerpo.
Está en la acumulación de ausencias.
En los amigos que ya no llaman. En las voces apagadas. En las conversaciones imposibles con quienes partieron. En las mesas donde faltan sillas ocupadas durante décadas. Uno no envejece solo porque suma años; envejece porque aprende a convivir con fantasmas queridos.
Y aun así, qué gratitud.
Porque estar allí, de pie, conversando, observando, recordando, todavía curioso ante el país, todavía atento al mundo, todavía con capacidad de asombro, significa que la historia no nos ha expulsado del todo.
Quizás la vejez no sea una derrota.
Quizás sea simplemente la etapa en que dejamos de correr detrás del tiempo y comenzamos, finalmente, a conversar con él.
