Por José Manuel Jerez
La intervención de Leonel Fernández en el Primer Pleno del Distrito Nacional de la Fuerza del Pueblo no fue simplemente un discurso de movilización partidaria. Fue, en esencia, una pieza de reposicionamiento estratégico orientada a construir una narrativa de contraste entre dos modelos de ejercicio del poder: uno basado —según su planteamiento— en la administración electoral del Estado y otro sustentado en la planificación política, la visión histórica y la capacidad de transformación nacional. En un escenario político cada vez más marcado por la fatiga social, la incertidumbre económica y el desgaste institucional, Leonel Fernández procura colocarse nuevamente como figura de estabilidad, experiencia y dirección estratégica.
La acusación central formulada por el líder opositor contra el Partido Revolucionario Moderno (PRM) resulta políticamente demoledora: haber sustituido el interés nacional por la lógica de preservación del poder. Ese señalamiento no es menor. En términos de teoría política y de legitimidad democrática, implica sostener que el gobierno ha dejado de concebir el Estado como instrumento de bienestar colectivo para convertirlo en una plataforma de reproducción electoral. Cuando Fernández afirma que el oficialismo ha actuado con el propósito de consolidar “un partido hegemónico”, introduce un debate profundo sobre el uso del aparato estatal, la expansión de la nómina pública y la instrumentalización de los recursos gubernamentales con fines político-electorales.
La referencia al aumento de más de 125 mil empleados públicos desde 2020 y al incremento multimillonario en gastos de nómina constituye una línea argumentativa dirigida a conectar con un sentimiento creciente de inconformidad ciudadana frente al gasto estatal improductivo. Más allá de la cifra, el mensaje político es claro: se intenta presentar al oficialismo como una estructura concentrada en sostener lealtades electorales antes que en ejecutar políticas públicas eficientes. Esa narrativa tiene potencial de impacto en una sociedad donde amplios sectores perciben deterioro en servicios esenciales, inflación persistente y pérdida de capacidad adquisitiva.
Pero quizás uno de los elementos más relevantes del discurso de Leonel Fernández fue su interpretación del comportamiento electoral de 2024. Al sostener que el oficialismo habría apostado deliberadamente a una baja participación electoral, el expresidente introduce una tesis políticamente sofisticada: la abstención como mecanismo funcional de preservación del poder. Esa idea obliga a la oposición a replantear completamente su estrategia para 2028. No bastaría únicamente con criticar al gobierno; sería indispensable construir una maquinaria de movilización capaz de transformar el descontento social en participación efectiva en las urnas. En otras palabras, Fernández parece comprender que la clave del próximo ciclo electoral no estará solamente en la opinión pública, sino en la capacidad de activar políticamente a quienes hoy permanecen desmotivados o distantes del sistema.
El discurso también revela un esfuerzo deliberado por proyectar a la Fuerza del Pueblo como una organización con visión histórica y capacidad de largo plazo. Cuando Leonel Fernández habla de “sembrar la semilla” de los próximos treinta años de transformaciones nacionales, intenta trascender la coyuntura electoral inmediata para presentarse como conductor de un nuevo ciclo político. Esa visión estratégica contrasta con la percepción de improvisación y agotamiento que atribuye al gobierno actual. En política, la percepción de dirección suele ser tan importante como la ejecución misma. Los gobiernos comienzan a debilitarse no necesariamente cuando pierden poder formal, sino cuando la sociedad empieza a percibir que carecen de horizonte.
Otro aspecto significativo fue la construcción simbólica de un eventual gobierno de la Fuerza del Pueblo como un “gobierno ejemplar, modélico y de referencia para siempre”. Esa formulación tiene un profundo contenido aspiracional. No se limita a prometer eficiencia administrativa; busca instalar la idea de un retorno al Estado planificador, tecnocrático y orientado a resultados, evocando indirectamente los períodos gubernamentales anteriores encabezados por Fernández. El objetivo político parece evidente: asociar a la Fuerza del Pueblo con capacidad gerencial, modernización institucional y ejecución de grandes transformaciones estructurales.
La agenda programática presentada —apagones, agua potable, salud moderna, educación de calidad y reducción del déficit habitacional— conecta con demandas históricas de la población dominicana. Sin embargo, el verdadero desafío político para la oposición no será solamente enumerar problemas, sino convencer al electorado de que posee la capacidad real para resolverlos en un contexto económico y geopolítico mucho más complejo que el de décadas anteriores. La ciudadanía dominicana ya no vota únicamente por promesas; exige credibilidad, coherencia y capacidad de gestión.
En términos estratégicos, el discurso pronunciado en el Distrito Nacional confirma que la Fuerza del Pueblo ha iniciado tempranamente la construcción del relato político hacia 2028. Y lo hace sobre tres pilares fundamentales: desgaste del oficialismo, recuperación de la esperanza y movilización electoral masiva. La oposición parece haber comprendido que la próxima contienda presidencial no se decidirá exclusivamente en el terreno de las alianzas partidarias, sino en la disputa por el estado emocional del electorado dominicano.
La política dominicana ha entrado, silenciosamente, en una nueva fase. Ya no se trata únicamente de administrar el presente, sino de convencer al país sobre quién posee la visión, la experiencia y la capacidad para conducir el futuro. Y en ese terreno, Leonel Fernández ha decidido volver a colocarse como protagonista central del debate nacional.
