Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Roma es una de las pocas ciudades del mundo donde el pasado y el presente conviven de manera visible.
En sus calles se encuentran los vestigios del Imperio Romano, las huellas del Renacimiento, los monumentos de la Italia moderna y la sede de la Iglesia Católica.
Ninguna otra capital concentra simultáneamente tanta historia política, religiosa, diplomática y cultural.
Roma fue la capital de un imperio que modeló Occidente, el centro de la cristiandad durante siglos y hoy continúa siendo uno de los principales centros diplomáticos del planeta.

Por esa razón, comprender las relaciones entre Italia y la República Dominicana exige mirar mucho más allá de los vínculos diplomáticos establecidos en el siglo XX.
Significa recorrer más de quinientos años de encuentros humanos, migraciones, influencias culturales, acontecimientos políticos y experiencias compartidas que comenzaron incluso antes de que existieran como Estados modernos la República Dominicana y la República Italiana.

La primera conexión entre ambos pueblos nació en 1492. Cristoforo Colombo, navegante genovés al servicio de la Corona española, desembarcó en la isla de La Española durante el primer viaje europeo que conectó de manera permanente el Viejo y el Nuevo Mundo.
Aquel acontecimiento cambió la historia universal.
La isla donde posteriormente surgiría la República Dominicana se convirtió en el primer centro político, administrativo, militar y religioso de la expansión europea en América. Santo Domingo sería la primera ciudad permanente del Nuevo Mundo, sede de la primera catedral, la primera universidad, el primer hospital y las primeras instituciones civiles de la América hispánica.
No fue el único italiano que desempeñó un papel relevante en aquellos primeros tiempos.
A comienzos del siglo XVI llegó a Santo Domingo Alessandro Geraldini, nacido en Amelia, Umbría.
En 1511 el papa Julio II creó la primera diócesis permanente de América y Geraldini se convirtió posteriormente en el primer obispo residente del continente. Su llegada simbolizó la incorporación de la tradición religiosa, jurídica y cultural de Roma al proceso de formación de la sociedad dominicana.
Desde entonces la influencia italiana quedó incorporada al desarrollo histórico de la colonia española de Santo Domingo.
Las enseñanzas religiosas, las instituciones eclesiásticas, el derecho canónico, la arquitectura, las expresiones artísticas y buena parte de la cultura escrita que llegaron al Nuevo Mundo tenían como referencia última a Roma.
Durante siglos, las grandes decisiones espirituales que afectaban la vida cotidiana de los habitantes de Santo Domingo tenían su origen en la Ciudad Eterna.
Pero existe otro paralelismo histórico extraordinario que rara vez se menciona.
Durante el siglo XIX, Italia y la República Dominicana vivieron procesos paralelos de afirmación nacional.
Giuseppe Mazzini creó la organización conocida como la Joven Italia, un movimiento patriótico y revolucionario destinado a lograr la unidad italiana. Inspirado por ideales de libertad, soberanía popular y construcción nacional, Mazzini influyó profundamente en varias generaciones de italianos.
Al otro lado del Atlántico, Juan Pablo Duarte fundó La Trinitaria con objetivos sorprendentemente similares.
También era una organización secreta, también estaba integrada por jóvenes patriotas y también perseguía la construcción de una nación libre y soberana.
Tanto Mazzini como Duarte creían que la independencia política debía estar acompañada por una renovación moral y cívica de la sociedad. Ambos fueron exiliados.
Ambos dedicaron sus vidas a una causa nacional superior a sus intereses personales. Ambos terminaron convirtiéndose en símbolos permanentes de la identidad de sus respectivos países.
La Joven Italia y La Trinitaria surgieron en contextos diferentes, pero compartieron una misma convicción: las naciones no nacen solamente por la fuerza de las armas; nacen también de las ideas, de la educación cívica y de la voluntad colectiva de un pueblo.
Ese paralelismo constituye uno de los vínculos intelectuales más interesantes entre la historia italiana y la dominicana.
Tres siglos después de Colón ocurrió otro episodio poco recordado.
En 1802 Napoleón Bonaparte envió a La Española una poderosa expedición militar dirigida por el general Emmanuel Leclerc, esposo de una de sus hermanas.
Entre los miles de soldados movilizados se encontraban numerosos hombres procedentes de regiones italianas incorporadas al Imperio napoleónico.
Algunos permanecieron en la isla. De aquellas migraciones surgieron o se fortalecieron familias que posteriormente tendrían relevancia en la vida nacional dominicana.
Durante el siglo XIX continuaron llegando comerciantes, artesanos, técnicos, profesionales y empresarios italianos.
Apellidos como Bonetti, Vicini, Billini, Cambiaso y Campillo quedaron incorporados a la historia económica, política, militar y cultural de la República Dominicana.
La unificación italiana de 1861 abrió una nueva etapa.
Mientras Italia emergía como actor europeo, la República Dominicana consolidaba su independencia después de la Guerra de la Restauración. A partir de entonces comenzaron a desarrollarse vínculos diplomáticos más estables.
Con el tiempo, ambos países descubrieron afinidades culturales profundas. La importancia de la familia, la religión, la comunidad local, la tradición, el emprendimiento y el trabajo marcaron a ambas sociedades.
Tanto Italia como la República Dominicana conocieron grandes procesos migratorios y aprendieron a mantener su identidad nacional más allá de sus fronteras.
Sin embargo, el siglo XX traería desafíos extraordinarios.
La Segunda Guerra Mundial colocó a Italia y a la República Dominicana en campos opuestos.
El régimen fascista de Benito Mussolini se alineó con Alemania y Japón, mientras la República Dominicana de Rafael Leónidas Trujillo se integró al bloque aliado encabezado por Estados Unidos después del ataque a Pearl Harbor en diciembre de 1941.
Los archivos italianos conservan abundante documentación sobre las dificultades enfrentadas por ciudadanos italianos residentes en territorio dominicano durante aquellos años.
Sin embargo, la guerra no logró destruir los vínculos humanos construidos durante generaciones.
Terminada la guerra, Italia inició una transformación histórica. En 1946 un referéndum puso fin a la monarquía y dio nacimiento a la República Italiana.
Dos años después entró en vigor la nueva Constitución republicana.
Simultáneamente surgía el nuevo orden internacional encabezado por las Naciones Unidas.
La República Dominicana fue miembro fundador de la organización, mientras Italia se incorporó posteriormente una vez superadas las consecuencias políticas de la guerra.
Durante las décadas de 1950 y 1960 llegaron a la República Dominicana ingenieros, técnicos, empresarios y profesionales italianos procedentes de una economía que vivía el llamado milagro económico italiano.
Crecieron las inversiones, el comercio y los intercambios culturales.
Un momento especialmente significativo ocurrió en enero de 1963.
El presidente Juan Bosch, recién elegido en las primeras elecciones democráticas celebradas después de la caída de Trujillo, realizó una visita oficial a Italia y fue recibido con honores de Jefe de Estado por el presidente Antonio Segni.
Aquella visita no fue un simple acto protocolar. Formaba parte de una estrategia internacional para presentar la nueva democracia dominicana ante las principales democracias occidentales. Bosch había sido recibido previamente por John F. Kennedy en Washington y posteriormente sostuvo encuentros con Charles de Gaulle en Francia y Konrad Adenauer en Alemania.
La visita se produjo además durante los años del Concilio Vaticano II, uno de los acontecimientos religiosos más importantes del siglo XX. Roma era entonces escenario de profundas transformaciones políticas, religiosas y culturales que influían sobre el conjunto del mundo occidental.
Dos años más tarde, en marzo de 1965, Giulio Andreotti visitó Santo Domingo como representante oficial del gobierno italiano durante los Congresos Mariológico y Mariano Internacional convocados por Pablo VI.
Aquella visita ocurrió apenas semanas antes de la Revolución de Abril de 1965 y de la posterior intervención norteamericana.
Veinticinco años después, en 1990, Andreotti regresaría a la República Dominicana siendo Presidente del Consejo de Ministros de Italia.
El contexto internacional era completamente diferente. El Muro de Berlín había caído, la Guerra Fría llegaba a su fin y Europa comenzaba a reorganizarse alrededor de una nueva arquitectura política.
Mientras tanto, Roma consolidaba otra dimensión fundamental de su influencia: la diplomacia de la Santa Sede.
Durante los pontificados de Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y actualmente León XIV, el Vaticano se convirtió en uno de los principales centros mundiales de mediación, diálogo y relaciones internacionales.
Las visitas apostólicas de Juan Pablo II a Santo Domingo en 1979, 1984 y 1992 fortalecieron extraordinariamente las relaciones entre ambos países.
Particularmente importante fue la visita de 1992 para conmemorar los quinientos años de la evangelización americana, celebrada precisamente en la isla donde comenzó aquel proceso histórico.
A finales del siglo XX los vínculos bilaterales alcanzaron una nueva dimensión.
En enero de 1999 el presidente Leonel Fernández realizó una visita oficial a Italia y fue recibido por el presidente Oscar Luigi Scalfaro. Se fortalecieron los intercambios económicos, académicos y culturales.
Posteriormente, en 2010, el presidente Leonel Fernández fue recibido en audiencia por el Papa Benedicto XVI.
Un año más tarde, la Santa Sede participó como Invitada de Honor en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, fortaleciendo los vínculos culturales entre ambas partes.
Durante las últimas décadas la presencia italiana en la República Dominicana se convirtió en una de las más importantes del Caribe.
Miles de italianos se establecieron en Santo Domingo, Punta Cana, Bávaro, Las Terrenas, Cabarete, Sosúa y otras zonas turísticas. Paralelamente, miles de dominicanos emigraron a Roma, Milán, Génova, Turín, Verona, Bolonia y otras ciudades italianas.
En 2009 comenzó una etapa particularmente activa de la presencia dominicana en Roma.
Durante más de una década se fortalecieron simultáneamente las relaciones con la República Italiana, la Santa Sede, la República Helénica y la Soberana Orden de Malta.
En marzo de 2016 la representación dominicana alcanzó un reconocimiento significativo cuando el embajador dominicano fue elegido Decano del Grupo de Embajadores de América Latina acreditados ante la Santa Sede.
Ese mismo año ocurrió uno de los acontecimientos simbólicos más importantes de la historia diplomática dominicana en Roma. El 20 de mayo de 2016 fue colocado el mosaico de Nuestra Señora de la Altagracia en los Jardines Vaticanos.
Por primera vez la principal advocación religiosa del pueblo dominicano quedó incorporada de manera permanente al corazón espiritual del catolicismo universal. Aquella obra simbolizaba cinco siglos de historia compartida entre Roma y Santo Domingo.
El lugar se convirtió desde entonces en punto de referencia para diplomáticos, peregrinos y visitantes dominicanos.
El 24 de mayo de 2017 la Primera Dama de los Estados Unidos, Melania Trump, observó el mosaico durante su visita oficial al Vaticano junto al Papa Francisco.
La imagen dominicana quedaba incorporada a uno de los espacios más simbólicos y visitados del mundo católico.
Precisamente durante esos años la relación bilateral enfrentó una de sus pruebas más difíciles.
Como consecuencia de medidas de austeridad, Italia decidió cerrar temporalmente varias misiones diplomáticas en el exterior, entre ellas la embajada italiana en Santo Domingo.
La decisión generó preocupación tanto en Italia como en la República Dominicana. Resultaba difícil comprender que el país del Caribe con mayor presencia italiana, importantes inversiones y una comunidad empresarial activa pudiera carecer de representación diplomática residente.
Desde 2014 comenzaron intensas gestiones diplomáticas para revertir la situación.
Participaron empresarios, legisladores, autoridades gubernamentales y representantes diplomáticos de ambos países.
El presidente Danilo Medina dio seguimiento personal al tema.
La reapertura de la embajada italiana en febrero de 2017 constituyó una verdadera victoria de la diplomacia y del sentido histórico.
En 2018 ambos países celebraron oficialmente ciento veinte años de relaciones diplomáticas.
Aquella conmemoración puso de relieve los aportes de la comunidad italiana al desarrollo dominicano y confirmó la madurez alcanzada por una relación construida durante generaciones.
La visita oficial del presidente Danilo Medina a Italia en 2019 reafirmó la importancia estratégica de los vínculos bilaterales.
En enero de 2020 tuvo lugar la audiencia de mi despedida ante el Papa Francisco que marcó el cierre de una intensa década de actividad diplomática dominicana en Roma.
En los años recientes el presidente Luis Abinader ha continuado fortaleciendo la presencia dominicana en la capital italiana mediante encuentros políticos, económicos y religiosos de alto nivel.
Hoy Roma posee una importancia estratégica excepcional para la República Dominicana.
Allí convergen simultáneamente la República Italiana, la Santa Sede, la Soberana Orden de Malta, la FAO, el Programa Mundial de Alimentos y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola.
Muy pocas ciudades del mundo concentran semejante número de instituciones políticas, religiosas y multilaterales.
Desde Roma se siguen los grandes debates contemporáneos sobre seguridad alimentaria, pobreza, migraciones, desarrollo sostenible, conflictos internacionales, cambio climático y, más recientemente, inteligencia artificial.
Precisamente en 2019 se celebraron en el Vaticano importantes encuentros internacionales sobre robótica, inteligencia artificial y humanidad que reflejan la creciente importancia de estos temas para el futuro.
La cooperación entre Italia y la República Dominicana se ha expandido hacia nuevas áreas estratégicas. Educación superior, investigación científica, innovación tecnológica, industria aeroespacial, restauración patrimonial, turismo sostenible, agroindustria y economía creativa ofrecen oportunidades crecientes para ambas naciones.
En una época caracterizada por la geoeconomía y la competencia tecnológica global, Italia representa para la República Dominicana mucho más que un socio europeo. Es una puerta de entrada al Mediterráneo, a Europa y a algunos de los principales centros de pensamiento, diplomacia y cultura del mundo contemporáneo.
Cinco siglos después del desembarco de Cristóbal Colón en La Española, la historia continúa enlazando a Roma, Italia y la República Dominicana. Los imperios desaparecieron, las monarquías cambiaron, surgieron repúblicas, concluyeron guerras mundiales y se transformaron las economías. Sin embargo, el vínculo entre ambos pueblos permaneció.
Porque entre Roma y Santo Domingo no existe únicamente una relación diplomática.
Existe una historia compartida construida por navegantes, obispos, migrantes, comerciantes, intelectuales, empresarios, diplomáticos, presidentes, papas y ciudadanos comunes.
Es una relación que comenzó con Cristóbal Colón y Alessandro Geraldini; que encontró paralelos extraordinarios en Giuseppe Mazzini y Juan Pablo Duarte, en la Joven Italia y La Trinitaria; que se fortaleció con Juan Bosch, Giulio Andreotti, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y León XIV; y que continúa hoy con nuevas generaciones de dominicanos e italianos.
Por eso, más que una relación bilateral, el vínculo entre Italia y la República Dominicana constituye una pequeña pero significativa historia compartida dentro de la gran historia de Occidente.
Y todo indica que seguirá proyectándose hacia el futuro.
