Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En 2027 se cumplirán cincuenta años de la publicación de mi primer libro, Entrevistas, Análisis y Reportajes.
Aquel volumen reunió artículos, entrevistas y reportajes escritos durante mis primeros años en la vida pública, cuando todavía era un joven que intentaba comprender un mundo que comenzaba a transformarse aceleradamente.

En sus páginas aparecían temas que entonces dominaban la atención internacional: Juan Bosch, Fidel Castro, Jimmy Carter, Joaquín Balaguer, la crisis económica mundial, la Teología de la Liberación, la Guerra Fría, los conflictos latinoamericanos y las grandes interrogantes sobre el futuro de la democracia y el desarrollo.
Con el paso de los años comprendí que aquellos asuntos aparentemente dispersos formaban parte de una misma realidad histórica.
Detrás de cada conflicto político, de cada crisis económica, de cada revolución, de cada intervención extranjera y de cada transformación tecnológica se encontraba siempre la misma pregunta: quién posee el poder para influir sobre el destino de las naciones.

Esa preocupación intelectual reapareció posteriormente en otros trabajos.
En El Diario Secreto de la Intervención Norteamericana de 1965 examiné el papel de los Estados Unidos en uno de los acontecimientos decisivos de la historia dominicana contemporánea.
En Los Estados Unidos en el Derrocamiento de Trujillo, Tumbaron al Jefe, Sangre en el Barrio del Jefe, El Misterio del Golpe de 1963 y Golpe y Revolución estudié la compleja interacción entre fuerzas internas y factores internacionales en momentos cruciales de la vida nacional.
“En la Contraloría” observé desde la administración pública los desafíos institucionales del Estado dominicano después de haber sido Contralor General de la República.
Más tarde, en Crisis en 1990 y Cambios Mundiales, Desarrollo y Concertación Social, intenté comprender las transformaciones económicas y políticas que acompañaban el final de la Guerra Fría y el inicio de la globalización contemporánea.
Hoy, al mirar retrospectivamente ese recorrido de casi medio siglo, descubro un hilo conductor que une todas esas investigaciones.
La relación entre economía y poder. La relación entre soberanía y desarrollo. La relación entre los acontecimientos mundiales y la vida concreta de países como la República Dominicana.

Mi generación presenció acontecimientos extraordinarios.
Vivimos las consecuencias de la Guerra de Vietnam. Observamos el acercamiento entre Estados Unidos y China impulsado por Richard Nixon y Henry Kissinger.
Presenciamos el primer shock petrolero de 1973, que modificó profundamente la economía internacional.
Fuimos testigos de la expansión de los movimientos revolucionarios en América Latina, de la consolidación de la Comunidad Económica Europea, del auge de Japón como potencia industrial y del surgimiento de los llamados Tigres Asiáticos.
Posteriormente llegó la década de 1980. La Era Reagan transformó la política occidental. Margaret Thatcher impulsó profundas reformas económicas en Gran Bretaña.
La Unión Soviética comenzó a mostrar señales de agotamiento estructural. La revolución tecnológica inició su expansión silenciosa. Los mercados financieros adquirieron una dimensión global desconocida hasta entonces.
Luego ocurrió uno de los acontecimientos más trascendentales del siglo XX: la caída del Muro de Berlín en 1989 y el posterior derrumbe del bloque soviético.
Millones de personas llegaron a creer que había terminado definitivamente la gran confrontación ideológica del siglo. Se habló incluso del “fin de la historia”.
Parecía que la democracia liberal, la economía de mercado y la globalización constituían el destino inevitable de todas las sociedades.

Durante las décadas siguientes se consolidó esa percepción. El comercio internacional creció como nunca antes. Las cadenas globales de suministro conectaron continentes enteros.
La revolución digital transformó las comunicaciones, las finanzas y la producción.
China ingresó en la Organización Mundial del Comercio y comenzó el ascenso económico más espectacular de la historia moderna.
Europa avanzó hacia niveles inéditos de integración política y monetaria. Estados Unidos emergió como la principal potencia global del sistema internacional.
Sin embargo, bajo la superficie de aquella aparente estabilidad comenzaban a acumularse tensiones profundas.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 recordaron brutalmente que la historia no había desaparecido.
La crisis financiera internacional de 2008 cuestionó la idea de que los mercados podían autorregularse indefinidamente.
La pandemia del COVID-19 reveló la fragilidad de las cadenas globales de suministro.

La guerra en Ucrania puso nuevamente la geografía y la energía en el centro de la política internacional.
Las tensiones entre Estados Unidos y China transformaron la competencia económica en una rivalidad estratégica de alcance global.
Hoy observamos las consecuencias de todos esos procesos convergiendo al mismo tiempo.
La política está regresando al centro de la economía.
La geografía está regresando al centro de la estrategia.
Y el poder está regresando al centro de la historia.
Lo que estamos presenciando no es simplemente una sucesión de elecciones, crisis gubernamentales o fluctuaciones económicas.
Estamos asistiendo al surgimiento de una nueva etapa histórica que algunos analistas comienzan a describir como la Era de la Geoeconomía.
La reciente elección presidencial colombiana constituye una manifestación visible de ese fenómeno.
Pero no es un caso aislado. Los debates sobre inmigración, seguridad, energía, competitividad industrial, soberanía tecnológica y capacidad productiva aparecen simultáneamente en Estados Unidos, España, Italia, Francia, Alemania, América Latina y numerosas regiones del mundo.
Detrás de esas discusiones se encuentra una realidad más profunda: los Estados han redescubierto que la economía es también un instrumento de poder.
La rivalidad entre Estados Unidos y China, la competencia por los semiconductores, la inteligencia artificial, las tierras raras, los minerales estratégicos, la energía y las cadenas logísticas ilustran esta transformación.
El Fondo Monetario Internacional ha reconocido recientemente este fenómeno al dedicar una edición especial de Finance & Development a la geoeconomía, subrayando cómo la frontera entre economía y seguridad nacional se vuelve cada vez más difusa.
La pregunta fundamental ya no consiste únicamente en cuánto produce una nación o cuánto crece su economía.
La pregunta fundamental es cuáles capacidades estratégicas debe conservar una naciòn para seguir siendo dueña de su propio destino.
La energía. Los alimentos. La infraestructura crítica. Los minerales estratégicos. La tecnología avanzada. La capacidad industrial. La seguridad financiera.
Todo ello ha regresado al centro de las preocupaciones nacionales.
Quizás dentro de algunos años los historiadores concluyan que estamos viviendo el final definitivo de la ilusión de una globalización desprovista de geopolítica.
Quizás identifiquen este período como el momento en que las naciones redescubrieron la importancia de la soberanía económica.
Lo cierto es que el mundo vuelve a formular preguntas muy antiguas.
¿Quién controla los recursos esenciales?
¿Quién protege las capacidades productivas estratégicas?
¿Quién garantiza la autonomía nacional en un entorno internacional cada vez más competitivo?
Hace cincuenta años esas preguntas giraban alrededor del petróleo.
Hoy incluyen también la inteligencia artificial, los semiconductores, las tierras raras, la energía, los minerales críticos y los sistemas financieros globales.
Cambian las tecnologías. Cambian los gobiernos. Cambian las ideologías.
Pero permanece la misma realidad histórica.
La economía y el poder nunca han estado completamente separados.
La historia ha regresado.
- Y con ella ha regresado la geoeconomía.
