Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay escritores que dejan libros y hay escritores que dejan instrumentos para pensar.
Juan Bosch pertenece a esa segunda categoría. Sus artículos, discursos, cartas y alocuciones no son simples piezas de ocasión, nacidas para responder a una coyuntura y morir con ella.
Son piezas de una arquitectura mayor, levantada durante décadas con una obsesión constante: explicar por qué la República Dominicana, país pequeño, pobre, intervenido, traicionado y tantas veces empujado al borde de la desaparición, ha conservado sin embargo una energía histórica superior a la que sus enemigos, sus ocupantes y hasta muchos de sus propios dirigentes han sido capaces de comprender.
En Bosch hay siempre una pregunta de fondo. No es solamente quién ganó una elección, quién perdió una batalla, quién traicionó una causa o quién pronunció un discurso.
La pregunta verdadera es otra: qué fuerzas sociales, económicas, culturales y morales se movían debajo de esos acontecimientos.
Por eso sus textos no pueden leerse únicamente como propaganda partidaria, aunque muchas veces nacieran en medio de la lucha política.
Tampoco pueden leerse solo como historia académica, aunque contienen historia rigurosa y observación penetrante.
Bosch escribía desde una zona intermedia y poderosa: la del político que necesitaba entender la historia para actuar sobre ella, y la del escritor que sabía que un pueblo sin conciencia de su pasado queda condenado a repetir sus derrotas con nombres nuevos.
En su artículo sobre el primer centenario de la República, escrito en 1944 desde Cuba, Bosch formuló una de sus intuiciones más profundas sobre el carácter dominicano.
Se preguntó cómo había sido posible que, después de veintidós años de dominación haitiana, un pueblo pequeño, disperso, sin escuelas, casi sin comunicaciones, sin industrias y con escasos recursos materiales, hubiera conservado su unidad y terminado por fundar una república independiente.
Esa pregunta no era retórica.
Era la clave de su interpretación de la historia nacional.
Bosch veía en el pueblo dominicano una capacidad de supervivencia que no dependía de la riqueza, ni de la fuerza militar, ni de la existencia de una clase dirigente madura, sino de una energía acumulada en la experiencia de la opresión.
Esa visión explica su admiración por Duarte, Sánchez, Mella y la Trinitaria.
Para Bosch, Duarte no fue solamente un patriota romántico ni un santo civil colocado en el altar de la patria.
Fue un organizador político.
Un hombre de fe, sí, pero también un hombre capaz de entender que la fe sin organización se disuelve en deseo.
Cuando Bosch evoca la Santo Domingo de 1838, con apenas unos miles de habitantes, no lo hace para disminuir la hazaña trinitaria, sino para agrandarla.
Fundar una república en esas condiciones parecía una locura.
Pero la historia, muchas veces, avanza gracias a hombres que se atreven a organizar lo que otros consideran imposible.
Ese mismo método aparece cuando Bosch analiza la Independencia Efímera, la ocupación haitiana, la Restauración y las guerras dominicanas por la supervivencia nacional.
Su preocupación no era repetir fechas aprendidas de memoria, sino corregir las falsas simplificaciones.
Por eso insistía en que la Guerra de la Restauración no comenzó simplemente el 16 de agosto de 1863, sino que tuvo antecedentes armados desde 1861.
Al hacerlo, no estaba jugando con un detalle cronológico.
Estaba devolviéndole continuidad al proceso histórico. La nación no despierta de golpe. La nación se prepara, tantea, fracasa, vuelve a intentar, acumula agravios, ensaya caminos y finalmente estalla.
Esa manera de mirar la historia lo llevó también a una interpretación dura de la sociedad dominicana.
Bosch no idealizaba al pueblo ni lo convertía en una abstracción sentimental.
Lo estudiaba en sus clases, capas, debilidades y contradicciones.
Sus textos sobre la burguesía, la pequeña burguesía, las relaciones de producción y el escaso desarrollo clasista dominicano son, todavía hoy, materiales indispensables para entender buena parte de nuestra vida pública.
Bosch veía una sociedad donde la clase dominante no había llegado a ser plenamente clase gobernante; una sociedad donde abundaban los caudillos porque faltaban estructuras sociales maduras; una sociedad donde la baja pequeña burguesía pobre y muy pobre podía convertirse tanto en fuerza de cambio como en fuerza de desorden, según las condiciones históricas y la dirección política disponible.
Por eso su lectura de la Semana Trágica de abril de 1984 fue tan precisa y tan severa.
Bosch sostuvo que aquello no había sido, en su origen, una crisis política, sino una crisis social.
La diferencia era fundamental. Una crisis política supone dirección, programa, disputa organizada por el poder.
Una crisis social puede estallar como cólera acumulada, como desesperación colectiva, como poblada.
El error de muchos dirigentes —decía Bosch— consistía en confundir una explosión espontánea con el inicio de una revolución.
Esa distinción revela una de las obsesiones centrales de su pensamiento: sin organización, sin método y sin conciencia, la energía popular puede ser heroica, pero también puede ser desperdiciada o reprimida sin dejar frutos duraderos.
De ahí viene su insistencia en los métodos de trabajo, en la disciplina, en los círculos de estudio y en la organización del PLD como partido de organismos, no de individuos sueltos.
Bosch había visto desde dentro los límites del PRD.
Había visto el personalismo, el desorden, la improvisación, la búsqueda de posiciones, el partido entendido como escalera social o como institución asistencial.
Por eso concibió el PLD como una respuesta a ese mundo político. No quería reproducir el viejo partido con gente nueva.
Quería fabricar una organización distinta, capaz de formar cuadros, estudiar la realidad dominicana y actuar con método.
Podrá discutirse lo que ocurrió después con esa organización en el poder, pero no puede negarse la originalidad de la intención fundadora.
En Bosch, la política nacional nunca estuvo separada de la política mundial.
Cuando escribía sobre Vietnam, Camboya, Allende, Kissinger, Ho Chi Minh, Fidel Castro o la Unión Soviética, no lo hacía por afición libresca ni por moda ideológica.
Lo hacía porque entendía que la República Dominicana era una nación pequeña situada dentro de una historia mundial que la golpeaba constantemente.
Las guerras europeas habían repercutido en Santo Domingo colonial.
La Revolución Francesa había transformado la isla.
La crisis de 1929 había contribuido al ascenso de Trujillo.
La Guerra Fría había condicionado la Revolución de Abril y la intervención norteamericana de 1965.
Para Bosch, ningún pueblo pequeño podía darse el lujo de ignorar el movimiento de los grandes poderes.
Esa perspectiva explica también su lectura del Fondo Monetario Internacional.
Cuando en 1982 advirtió sobre el peligro de negociar préstamos tipo stand-by, no se limitó a hablar de números.
Vio en esas negociaciones un problema de soberanía.
Para él, la política monetaria no era un asunto técnico reservado a especialistas, sino una dimensión esencial del poder nacional.
Quien pierde el control de su moneda, de su presupuesto y de sus decisiones económicas, termina perdiendo una parte decisiva de su independencia.
Podrá decirse que el mundo cambió, que los mecanismos financieros actuales son más complejos, que ningún país vive aislado.
Pero la advertencia de Bosch sigue teniendo fuerza: una nación dependiente debe vigilar siempre el punto en que la ayuda externa se convierte en tutela.
La Muerte de Trujillo
Quizás uno de sus textos más significativos de esa recopilación sea “La muerte de Trujillo: secreto develado”, porque allí Bosch comenta el libro Los Estados Unidos en el Derrocamiento de Trujillo.
Lo importante no es solo que reconociera el valor documental de una investigación joven sobre un episodio decisivo.
Lo importante es que Bosch entendió la muerte de Trujillo como parte de una operación histórica mayor, donde se cruzaban la conjura dominicana, la crisis del régimen, la presión internacional, los cálculos de Washington, Bahía de Cochinos, la Revolución Cubana y el miedo norteamericano a un vacío de poder en el Caribe.
Bosch no separaba el hecho del sistema que lo producía. La caída del tirano no era solo el resultado de una noche de balas en la carretera; era la desembocadura de una correlación de fuerzas nacionales e internacionales.
Esa capacidad de relacionar lo pequeño con lo grande es una de sus mayores lecciones.
Bosch podía partir de una mata de mango para explicar la dialéctica, de una cocinera doméstica para explicar las relaciones de producción, de una huelga fallida para explicar la diferencia entre crisis social y crisis política, de Duarte para explicar la fe organizada, de Ho Chi Minh para explicar el partido de liberación nacional, de Trujillo para explicar la dependencia y de la prensa dominicana para explicar el atraso de una burguesía que no había aprendido todavía a comportarse como clase moderna.
Hay en todo eso una pedagogía. Bosch escribía para formar. No escribía para deslumbrar con palabras difíciles, aunque podía manejar conceptos complejos.
Su método consistía en bajar las ideas al terreno de la vida cotidiana.
El burgués no se entiende primero por una definición abstracta, sino por el ejemplo del dueño de una mata que contrata a un chiripero para convertir el tronco en leña vendible.
Las relaciones de producción no se explican solamente con Marx, sino con la diferencia entre cocinar para una familia y cocinar para un restaurante. La dialéctica no empieza en una biblioteca, sino en la semilla que se convierte en mata y en la mata que da fruto. Esa fue una de sus mayores virtudes como educador político: traducir la teoría a imágenes dominicanas.
Pero Bosch no fue un escritor neutral. Tomaba partido con pasión. A veces con dureza excesiva.
Sus polémicas contra las izquierdas dominicanas, contra el PRD, contra Peña Gómez, contra los liberales de Washington, contra el imperialismo norteamericano, contra la oligarquía y contra ciertos sectores de la prensa están llenas de golpes verbales.
Esa aspereza formaba parte de su estilo y de su tiempo. Bosch no escribía desde una torre de marfil. Escribía en medio de luchas reales, persecuciones, derrotas, divisiones, intervenciones y frustraciones.
Aun así, incluso cuando se puede disentir de sus conclusiones, es difícil no reconocer la potencia de su razonamiento y la seriedad con que intentaba descubrir las causas profundas de los hechos.
Una recopilación de sus escritos permite ver a un Bosch completo: el historiador de la nación, el polemista, el organizador, el estudioso con método marxista heterodoxo, el nacionalista, el crítico del imperialismo, el admirador de Duarte, el lector de Lenin, el estudioso de Ho Chi Minh, el defensor de la disciplina política, el analista de clases sociales y el escritor que nunca dejó de creer que el pueblo dominicano guardaba dentro de sí una reserva moral capaz de reaparecer aun después de largas opresiones.
Su idea más persistente quizás sea esta: los pueblos aprenden.
Aprenden incluso cuando parecen derrotados.
Aprenden bajo ocupación extranjera, bajo dictaduras, bajo caudillos, bajo crisis económicas, bajo errores de sus dirigentes.
Aprenden lentamente, a veces de manera dolorosa, pero aprenden.
Y cuando llega la hora, pueden levantarse bajo una forma más avanzada de lo que sus opresores imaginaban.
Esa fue la gran confianza de Bosch en el pueblo dominicano.
No una confianza ingenua, sino histórica.
Él sabía que el país estaba lleno de debilidades.
Sabía que sus clases dirigentes habían fallado muchas veces.
Sabía que la improvisación, el caudillismo, la dependencia y la pobreza deformaban la vida pública.
Pero también sabía que la República Dominicana había sobrevivido a fuerzas que parecían superiores: la despoblación colonial, la ocupación haitiana, la anexión a España, las guerras restauradoras, las intervenciones extranjeras, Trujillo y la tutela imperial.
Por eso leer hoy los escritos no es un ejercicio de nostalgia.
Es una forma de volver a preguntarnos qué clase de nación somos, qué hemos aprendido, qué hemos olvidado y qué fuerzas nuevas se están formando bajo la superficie de los acontecimientos visibles.
Bosch enseñó que la historia dominicana no se entiende mirando solo a los presidentes, los partidos y los generales.
Hay que mirar también al campesino sin tierra, al pequeño burgués desesperado, al obrero sin conciencia de clase, al estudiante que busca ascenso social, al comerciante que teme perderlo todo, al periodista que confunde su empresa con su ego, al dirigente que no distingue una poblada de una revolución, al patriota que cree cuando todo parece imposible.
Ahí está todavía la utilidad de Bosch.
No en repetirlo como catecismo, sino en usarlo como método.
Porque su mayor herencia no es una consigna, ni siquiera un partido, ni una ideología cerrada.
Su mayor herencia es la invitación a pensar históricamente la República Dominicana; a no dejarnos engañar por la espuma de los hechos; a buscar siempre las causas profundas; a distinguir entre apariencia y proceso; a recordar que la política sin estudio se convierte en improvisación, y que la nación sin memoria queda indefensa ante los mismos errores con otros nombres.
Juan Bosch escribió para su tiempo, pero muchas de sus preguntas siguen abiertas.
Y mientras sigan abiertas, sus textos seguirán siendo algo más que documentos del pasado.
Serán advertencias, herramientas y, sobre todo, una manera dominicana de mirar la historia del mundo sin dejar de pisar la tierra propia.
