Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Roma amaneció aquella mañana sin estruendo de cañones, sin caballos desfilando por las calles empedradas ni oficiales de gala formados en los patios apostólicos.
No hubo una batalla, ni una revolución, ni una invasión extranjera.
Sin embargo, algo muy antiguo estaba llegando a su fin.
En los salones del Vaticano, casi en silencio, el papa Pablo VI cerraba una página de la historia que había comenzado muchos siglos antes, cuando los sucesores de San Pedro no solo guiaban almas, sino que también gobernaban territorios, mantenían ejércitos y ejercían un poder temporal comparable al de los grandes soberanos europeos.
La decisión pasó relativamente desapercibida para gran parte del mundo, ocupado entonces por las tensiones de la Guerra Fría, la guerra de Vietnam y las transformaciones culturales de los años sesenta.
Pero para quienes conocían la historia de Roma, el significado era inmenso.
Cien años después de la toma de Roma por las tropas italianas en septiembre de 1870, Pablo VI disolvía los últimos cuerpos militares que sobrevivían como herederos del antiguo Estado Pontificio.
No desaparecía solamente una institución. Se cerraba definitivamente una época.
Durante más de mil años los Papas habían gobernado extensos territorios en el centro de Italia.
El poder espiritual de la Iglesia convivía con una autoridad temporal que exigía administradores, jueces, diplomáticos y también soldados.
Los Estados Pontificios llegaron a extenderse desde el mar Tirreno hasta el Adriático, atravesando el corazón de la península italiana.
Como cualquier otro Estado europeo, poseían fortalezas, arsenales, academias militares y cuerpos de élite destinados a proteger al Pontífice y a defender sus fronteras.
Aquella estructura comenzó a resquebrajarse en el siglo XIX con el avance del nacionalismo italiano.
El proceso de unificación, conocido como el Risorgimento, fue reduciendo progresivamente los territorios pontificios.
La derrota de Castelfidardo en 1860 marcó el principio del fin.
Diez años más tarde, el 20 de septiembre de 1870, los cañones italianos abrieron una brecha en las murallas de Porta Pia y las tropas del Reino de Italia entraron en Roma.

El Papa Pío IX ordenó una resistencia simbólica para evitar un baño de sangre inútil.
Aquel día desapareció el Estado Pontificio territorial que había existido durante siglos.
Sin embargo, la desaparición política no significó la desaparición institucional.
Muchas estructuras sobrevivieron dentro de los muros vaticanos.
Permanecieron las guardias ceremoniales, los uniformes históricos, las tradiciones cortesanas y algunos cuerpos militares que ya no defendían provincias ni ciudades, pero seguían recordando el pasado soberano de los Papas.
Entre ellos figuraban la Guardia Noble Pontificia, integrada por miembros de la aristocracia romana; la Guardia Palatina de Honor, formada originalmente para la defensa de Roma; y otros organismos heredados de una época en que el Vaticano era mucho más que un pequeño Estado enclavado en la capital italiana.
Pablo VI – Papa Montini
Cuando Giovanni Battista Montini llegó al pontificado con el nombre de Pablo VI, la Iglesia atravesaba una transformación profunda.
El Concilio Vaticano II había abierto una nueva etapa de diálogo con el mundo moderno.
La imagen de una Iglesia asociada a ceremonias principescas, privilegios nobiliarios y estructuras cortesanas parecía cada vez más distante del espíritu que el Concilio pretendía proyectar.
Pablo VI comprendió que la Santa Sede debía conservar su soberanía, pero desprenderse de símbolos que ya no respondían a las necesidades de la época.
La reforma fue gradual, prudente y profundamente simbólica. No se trataba de una ruptura con la historia, sino de una redefinición de prioridades.
El Papa respetaba aquellas instituciones y conocía perfectamente su importancia histórica.
Pero también entendía que la misión de la Iglesia en el siglo XX debía expresarse con otros lenguajes.
El centro de gravedad debía desplazarse del recuerdo de un poder temporal desaparecido hacia la dimensión universal y pastoral del catolicismo.
Así fue como, entre 1968 y 1970, desaparecieron los últimos cuerpos militares históricos vinculados al antiguo Estado Pontificio.
Las elegantes formaciones de la Guardia Noble dejaron de existir.
La Guardia Palatina fue disuelta.
Los uniformes que durante generaciones habían sido parte inseparable de las ceremonias pontificias pasaron a los museos, a los archivos fotográficos y a la memoria de las grandes familias romanas que habían servido a los Papas durante siglos.
La Guardia Suiza
Solo una institución sobrevivió: la Guardia Suiza Pontificia. Fundada en 1506 por Julio II, conservó su función de protección directa del Pontífice y continúa hasta hoy como el único cuerpo militar formal de la Ciudad del Vaticano.
Su permanencia respondía a una razón práctica y simbólica.
Mientras las demás guardias evocaban principalmente la historia del Estado Pontificio, la Guardia Suiza representaba la protección personal del Papa y una tradición que había logrado adaptarse a los tiempos modernos.
La coincidencia histórica resultaba imposible de ignorar. Exactamente un siglo después de la caída de Roma, los últimos vestigios militares del antiguo régimen pontificio desaparecían por decisión de un Papa.
Lo que los cañones de Porta Pia habían iniciado en 1870, Pablo VI lo concluía institucionalmente en 1970. No mediante la fuerza, sino mediante una firma.
La paradoja es que aquella decisión fortaleció la posición moral de la Santa Sede.
Al desprenderse de símbolos asociados al poder temporal, el Vaticano reforzó su imagen como autoridad espiritual global.
El Papa dejó definitivamente de aparecer como el soberano de un reino perdido para proyectarse ante el mundo como la cabeza de una comunidad religiosa universal.
El pequeño Estado creado por los Pactos de Letrán en 1929 permaneció intacto, pero su significado cambió.
Ya no evocaba la nostalgia de los Estados Pontificios, sino la independencia necesaria para garantizar la libertad de la misión espiritual de la Iglesia.
Quienes recorren hoy los Museos Vaticanos o contemplan antiguas fotografías de los Zuavos Pontificios, de la Guardia Noble o de la Guardia Palatina observan imágenes de un mundo desaparecido.
Son los últimos reflejos de una Roma que fue al mismo tiempo capital de la cristiandad y centro de un poder temporal milenario.
Pablo VI no destruyó esa memoria. La preservó precisamente al reconocer que pertenecía a la historia.
Aquel gesto silencioso de 1970 tuvo la elegancia de las decisiones que no necesitan estridencias para cambiar el curso de los acontecimientos.
Un siglo después de la brecha de Porta Pia, el Papa cerró definitivamente la puerta de una época.
El ejército de los Papas entró en los libros de historia.
La Iglesia continuó su camino.
Y Roma, como tantas veces a lo largo de los siglos, siguió adelante llevando consigo el recuerdo de un pasado que nunca desaparece del todo, pero que sabe cuándo ha llegado el momento de convertirse en memoria.
