Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En julio de 2018, cuando la República Dominicana estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China, planteé públicamente una interrogante que entonces parecía prematura para algunos, pero que hoy se revela central para comprender nuestro lugar en el mundo: ¿alineados o neutrales?
La pregunta surgía en medio del inicio de la guerra comercial entre China y los Estados Unidos, cuando ya comenzaban a advertirse los primeros síntomas de una confrontación estructural entre las dos mayores potencias del planeta.
Mi preocupación entonces no era ideológica ni retórica; era estrictamente dominicana. ¿Qué posición debía asumir un pequeño Estado caribeño, profundamente vinculado a los Estados Unidos por razones geográficas, económicas, migratorias y culturales, pero abierto también a nuevas oportunidades comerciales, financieras y diplomáticas con China?
La pregunta sigue viva, pero el mundo en el que la formulamos ha cambiado de manera aún más dramática.
La República Dominicana ha sobrevivido durante casi dos siglos como nación independiente en un escenario internacional frecuentemente hostil, imprevisible y dominado por fuerzas infinitamente superiores a nuestras dimensiones territoriales, militares y económicas.
Esa supervivencia no ha sido fruto del azar. Ha sido el resultado de una combinación compleja de resistencia histórica, intuición política, capacidad de adaptación y sentido nacional.
Hemos sobrevivido a las invasiones haitianas posteriores a la Independencia, al intento de recolonización española de 1861, a las turbulencias regionales del siglo XIX, a la ocupación militar norteamericana de 1916, a las consecuencias globales de las dos guerras mundiales, a las tensiones ideológicas de la Guerra Fría y a la intervención militar de 1965.
No somos una nación improvisada. Somos una nación curtida por la historia. Precisamente por eso debemos actuar con inteligencia estratégica y no con reflejos emocionales.
Una política exterior independiente no significa aislamiento, arrogancia diplomática ni neutralidad ingenua.
Tampoco significa hostilidad hacia nuestros aliados naturales.
Significa algo mucho más serio: la capacidad de definir nuestros intereses nacionales sin subordinación automática a intereses ajenos.
Los países pequeños que renuncian a pensar por sí mismos terminan convertidos en espacios administrados por otros. La historia está llena de ejemplos.
La independencia diplomática no consiste en desafiar teatralmente a las grandes potencias, sino en saber cooperar con ellas sin perder el juicio propio.
La República Dominicana necesita precisamente eso: una política exterior de amistad soberana, no de obediencia refleja.
Los Estados Unidos seguirán siendo, objetivamente, nuestro principal socio estratégico.
La geografía no se cambia. Millones de dominicanos viven en territorio norteamericano; nuestras exportaciones dependen en gran medida de ese mercado; el turismo estadounidense es vital para nuestra economía; los flujos financieros, académicos, empresariales y culturales son profundos.
Pretender ignorar esa realidad sería absurdo.
Pero reconocer esa centralidad no implica renunciar al derecho de pensar y actuar como Estado soberano.
La amistad entre naciones serias no se construye sobre la sumisión, sino sobre el respeto mutuo.
La República Dominicana debe mantener una relación estrecha, confiable y madura con Washington, pero desde la conciencia de sus propios intereses nacionales.
China, por otra parte, dejó hace tiempo de ser simplemente un mercado distante o una curiosidad geopolítica.
Hoy China es una potencia tecnológica, comercial, financiera e industrial con presencia creciente en América Latina y el Caribe.
La cuestión para la República Dominicana no es enamorarse ideológicamente de China ni demonizarla por reflejo geopolítico.
La cuestión es actuar con pragmatismo. Toda relación con grandes potencias debe evaluarse desde la conveniencia dominicana, no desde entusiasmos doctrinarios ni miedos importados.
El mundo contemporáneo exige inteligencia práctica. Un pequeño Estado no puede darse el lujo de actuar como satélite emocional de conflictos ajenos.
Sin embargo, hay un tema que hoy domina toda reflexión seria sobre nuestra política exterior: Haití.
La crisis haitiana ha dejado de ser un problema bilateral ordinario para convertirse en una cuestión de seguridad nacional dominicana, estabilidad regional y desafío hemisférico.
Haití atraviesa un colapso institucional de dimensiones históricas. No hablamos simplemente de pobreza o inestabilidad política.
Hablamos de fragmentación territorial, violencia armada, deterioro del aparato estatal y crisis humanitaria sostenida.
La República Dominicana no puede cargar sola con esa tragedia histórica. Debemos mantener una política humanitaria compatible con nuestra tradición cristiana y caribeña, pero sin permitir que se diluya el principio esencial de soberanía nacional.
Ningún Estado responsable entrega el control de sus fronteras por presión moral externa.
En este punto, la política exterior dominicana debe hablar con absoluta claridad.
La comunidad internacional ha mostrado durante décadas una tendencia preocupante: exigir a la República Dominicana respuestas que las grandes potencias no están dispuestas a asumir directamente.
Esa lógica debe ser rechazada con serenidad, pero con firmeza.
La solución haitiana requiere compromiso internacional real, recursos, seguridad, reconstrucción institucional y responsabilidad compartida.
La República Dominicana puede cooperar; no puede sustituir al mundo.
Pero el horizonte estratégico no termina ahí. El siglo XXI ya no se define solo por diplomacia clásica.
La inteligencia artificial, la guerra tecnológica, la ciberseguridad, el control de datos, la seguridad energética, las cadenas globales de suministro y la competencia por minerales críticos forman parte de la nueva geopolítica.
Incluso pequeñas naciones como la nuestra están siendo afectadas por decisiones tomadas en Washington, Beijing, Moscú, Bruselas o Silicon Valley.
La política exterior ya no puede limitarse a embajadas ceremoniales y comunicados protocolarios.
Necesitamos diplomacia estratégica, inteligencia económica, análisis prospectivo y capacidad de anticipación.
La defensa de los dominicanos en el exterior debe ocupar también un lugar prioritario.
Una nación que tiene una diáspora tan amplia no puede pensar su política exterior exclusivamente desde Santo Domingo. Nueva York, Madrid, Miami, Boston, Puerto Rico y otras ciudades forman parte de nuestro espacio humano ampliado.
Defender a nuestros nacionales, facilitar su vinculación con el país y convertir esa presencia en activo económico y diplomático debe ser parte esencial de cualquier política exterior seria.
Igualmente importante es proyectar internacionalmente la imagen de la República Dominicana no solo como destino turístico, sino como sociedad organizada, productiva y confiable.
Nuestro país debe vender turismo, sí, pero también servicios, manufactura, zonas francas, cultura, capacidad logística, estabilidad institucional y capital humano.
La diplomacia económica no puede ser un adorno. Debe ser política de Estado.
Lo que planteé hace años mantiene plena vigencia: una política exterior independiente debe comenzar por la defensa del territorio nacional, la protección de la soberanía, la promoción de nuestros ciudadanos en el exterior y el fortalecimiento de amistades estratégicas sin subordinación doctrinaria.
Pero hoy debemos añadir algo más urgente: inteligencia estratégica permanente. Las pequeñas naciones no sobreviven simplemente porque existan banderas y himnos. Sobreviven porque piensan.
La República Dominicana ha demostrado a lo largo de su historia una extraordinaria capacidad para resistir tormentas mayores que ella.
Pero sobrevivir no basta. Hay que navegar con rumbo. En un mundo que entra en una nueva era de tensiones imperiales, crisis migratorias, disputas tecnológicas y conflictos regionales encadenados, la improvisación es un lujo que no podemos permitirnos.
La política exterior dominicana debe ser amistosa, abierta, cooperativa y pragmática. Pero, sobre todo, debe ser dominicana en esencia.
